SIEMPRE ha habido un límite entre qué se puede decir en público y qué en privado, pero las cosas están cambiando de una manera preocupante. Asistimos a un tránsito en las formas, con carácter de hecho grave, que atañe a la sociedad en general, en gran parte debido a la notable influencia de los llamados comunicadores sociales, ya que muchos de ellos se ufanan de usar un lenguaje de taberna, provocando a sus tertulianos o invitados a ser procaces con la palabra. El resultado es una serie de zafiedades de diferente naturaleza que se saltan la barrera del respeto mutuo y necesario en una sociedad que se precie de civilizada.
Se está convirtiendo en moda el uso de basteces y groserías. La gente habla sin reparo de sus hemorroides o preferencias sexuales aliñando la ensalada de la conversación con una serie de tacos encadenados. Si nos interesamos por el estado de salud de alguien, es posible que nos contesten con un "¡de puta madre!" o "¡está que te cagas!", cuando, la verdad, a mí me preocuparía el hecho de que mi madre fuera una puta o que a la acción de defecar se la confunda con un buen síntoma de salud, sobre todo si no se padece de estreñimiento.
Habrá quien piense que estamos en un estado de derecho en el que cada uno se puede expresar libremente, pero el uso de un lenguaje vulgar aparentemente sin hipocresías y sin cortapisas es la antesala del fascismo. Si a la opinión pública se le encienden los ánimos, si no hay un sentido del equilibrio y de la medida, si se sueltan barbaridades sin meditar en sus consecuencias, es posible que se recorra el trecho que separa al dicho del hecho. Hay que atemperar el lenguaje, matizando el uso de las palabras y midiendo las consecuencias de la pérdida tan elocuente de las formas.
Le pese a quien le pese, la hipocresía social es necesaria, es un signo de civilización, tanto en lo referente a los comportamientos como al uso del vocabulario. Deben nuestros dirigentes políticos y comunicadores sociales, en general, cuidar el lenguaje, su contenido, sobre todo en las declaraciones públicas, no confundiendo la cordialidad con el todo vale, no saliendo al trapo de las respuestas vacías de contenido pero plenas de descalificaciones. Hace falta ser inteligente para ignorar la provocación y el descaro.
Espero, y así debe ser, que nuestros gobernantes españoles no se contagien con la epidemia que afecta a la política internacional. Desde un Sarkozy que le ha soltado cuatro bufonadas a un ciudadano que no ha querido darle la mano, hasta un Chávez que insulta desde cualquier tribuna a todo ser humano que se le atragante. Todo ello sin olvidar a Berlusconi, el representante de una cultura exquisita pero que es lo más parecido a un gañán -con permiso del ganado-, un consumidor de chascarrillos baratos, de los de mal gusto y sin gracia, el cual, junto a otros naturales de su país, como Bossi, Gentilini o Alemano, ha llegado a hablar sin reparo alguno de fusiles para combatir las pateras, del orgullo de la herencia fascista o de su xenofobia por los gitanos. Estos políticos no miden la palabra, no cuidan lo que puede o no decirse, trasgreden la más elemental norma del sentido común, alimentan las hordas populistas en un alarde de demagogia con mensajes y vocabulario solamente admisibles en el ámbito privado. Es una forma de autorización, de legitimar el contenido, de animar al ciudadano a expresarse en público sin el debido respeto a las formas. Es el tan temido mimetismo que da patente de corso para los comportamientos masivos. Si el poderoso lo hace, el hombre de la calle también.
El dirigente debe hablar como lo requiere el foro, sin las simplezas cotidianas, sin exageraciones, sin exaltar las masas, conduciéndose con la responsabilidad que dan las urnas, matizando y equilibrando las corrientes del pensamiento con el "mayor saber" de alguien que, aparentemente, debe ser superior al vulgo, ya que lo representa. No siempre funciona el querer demostrar que se es una persona de "a pie", cercana, utilizando lenguaje de barra de bar o patio de instituto, hablando sin cortapisas de temas escatológicos o sexuales, de las artes de la falacia o de las triquiñuelas de turno para la evasión de impuestos. Los deslenguados, los chulos, los horteras, los matones, todos aquellos que consideran la cortesía algo desfasado y la dejación de las formas lo democrático son parte de la sintomatología de una enfermedad que está atacando el diezmado equilibrio social de los países civilizados: la mala educación.
* Titulada Superior Universitaria en Relaciones Institucionales y Protocolo
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