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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Cogedores de apuntes

9/jun/08 07:05
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SIEMPRE me he preguntado por qué a estas alturas, un poquito adentrados ya en el siglo XXI, las universidades españolas siguen utilizando mayoritariamente el método de las clases magistrales: un profesor que escribe en la pizarra, con letra más o menos legible, la materia que luego los alumnos copian en sus cuadernos, también con letra más o menos comprensible. Desde siempre, los mejores apuntes los cogen las alumnas. Las mujeres, ya se sabe, tienen la facultad de hacer varias cosas a la vez. O por lo menos tres: escuchar lo que dice un profesor, fijarse en lo que garabatea con la tiza y transcribirlo a su vez con su propia letra. Los chicos lo tienen más difícil. En cualquier caso, horas y horas de tediosas clases empleadas no para suscitar entre los discentes un debate jugoso sobre el tema que toque ese día, sino para formar expertos en caligrafía rápida. Los alumnos acuden a las aulas -pueden comprobarlo ustedes mismos cuando les apetezca- no provistos de libros de consulta, subrayados y anotados con las ideas que les inspiren los conceptos establecidos en su día por mentes lúcidas, sino con un cajetín lleno de bolígrafos de varias tintas para tomar los apuntes en colores. Un poco más sofisticado que los parvularios, que van al jardín de infancia provistos de lápices diversos para dibujar machanguitos, pero no mucho más. Penoso pero real.

Ante una situación así, no puedo dejar de sentir una muy grande alegría cuando leo unas declaraciones de Cristina Garmendia, ministra de Educación y Ciencia. "No desaparecerán en un año, pero sin duda tienen que desaparecer. Van a desaparecer", ha dicho, tajante, respecto a los apuntes.

Desconozco si la ministra conseguirá las metas que se ha propuesto en su nuevo cargo. Ojalá que sí. Su trayectoria profesional es muy buena. En el asunto de los apuntes, empero, albergo ciertas dudas. Esencialmente porque el sistema se alimenta a sí mismo. Los alumnos más diligentes a la hora de copiar lo escrito por el profesor en la pizarra son, a su vez, los que mejores notas obtienen. En consecuencia, son los mejor situados para entrar en los departamentos cuando se licencian y los que, en definitiva, poseen más posibilidades de acceder a puestos de docencia en los que siguen impartiendo clases magistrales. Y esto no lo cambia ni una ministra, ni diez. Entre otras cosas porque no serían los profesores quienes más protestarían, sino los alumnos.

He visto a un numeroso piberío levantarse en armas contra un profesor, cuando dijo que se limitaría a señalar los temas que cada cual debería aprender por su cuenta en la bibliografía que facilitase, ya que las clases se podrían impartir en el aula o en la cafetería de la facultad en cuestión, pues se limitarían a exponer y discutir ideas y conceptos. Lejos de ese camino más difícil, aunque también con mejores resultados en perspectiva para formar a futuros pensadores, la gran mayoría del alumnado sólo quiere lo que en Canarias se denomina "la papita suave". Es decir, que le den un título cuanto antes para opositar a funcionario y trabajar sólo de lunes a viernes, de ocho a tres y con la media hora establecida en el convenio para el desayuno. No se moleste; o, como diría un cubano, no coja lucha, señora Garmendia.

rpeyt@yahoo.es

 

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