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9/jun/08 07:05
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Desempleo o "muerte social"

Hace unos días salió en la prensa una noticia alarmante: el mes de abril registró el índice más alto de paro desde hace 12 años. ¿¡Alarmante!? No sé si éste sería el mejor calificativo que se le podría aplicar al fenómeno del paro. Desde luego, no deja de ser inquietante que un sector (cada vez más) amplio de la sociedad se vea abocado a pasar su tiempo en las oficinas de empleo. No obstante, desde el punto de vista de la actualidad, no es más que una noticia esperada si tenemos en cuenta el contexto socio-económico en el que nos encontramos, caracterizado por la desaceleración económica, la crisis en el sector de la construcción y demás. Así como una noticia "desesperanzadora" para aquellos que llevamos más de tres años ocupando un puesto en la larga lista de parados. Sin embargo, lo que sí resulta alarmante o, al menos, sorprendente desde el punto de vista teórico, es que, siendo el paro el testimonio de la realidad violenta y supresora que supone el trabajo asalariado hoy en día, no se tenga en cuenta el coste psicológico y social al que tiene que hacer frente el desempleado.

Efectivamente, el paro supone la muerte de la identidad social al retirarse el reconocimiento de los demás. Se sufre el abandono y, con él, el desprecio y la falta de esperanza, voluntarismo, lucidez... Se produce la ruptura de la identidad personal a raíz de la indiferencia social. Como dijo Climent Rosset, en Loin de moi, "cada vez que se produce una crisis de identidad, es la identidad social la primera que explota y que amenaza el frágil edificio de lo que uno cree experimentar como sí mismo; es el fallo de la identidad social lo que viene a perturbar la personal, y no al contrario, como se suele pensar generalmente". En el paro, el sujeto, el ciudadano, el individuo se rompe. La inactividad tiene repercusiones negativas en el demandante de empleo, cuyo cuerpo se convierte en presa fácil de una cohorte de patologías que afectan tanto a lo psíquico (depresión, cefaleas, insomnios, etc.) como a la piel (eczemas, urticarias), al aparato digestivo (úlcera gástrica, ardor de estómago) y al comportamiento (alcoholismo, violencia contra sí mismo o contra los demás).

Ante esta nada halagüeña situación, el desempleado se enfrenta, además, a la más absoluta soledad. En un lapso de tiempo demasiado corto, el paro consigue hacer desaparecer el complejo de relaciones que se ha ido tejiendo a lo largo de los años. Uno puede pensar que aún quedan los verdaderos amigos; los de toda la vida, con los que se comparten fines de semana y vacaciones; los viejos cómplices que saben escuchar, comprender y que dan seguridad. ¡Vana ilusión! Pocos meses hacen falta para que estos mismos sean los que infligen las heridas más profundas, al ser ellos, los amigos, los que poseen el verdadero poder de confinarnos al más vasto desierto. ¿Cómo resurgir de esta situación? ¿Cómo renacer en una sociedad como la nuestra, calificada, por un lado, por la comunicación global y el perfeccionamiento de las interrelaciones y, por otro lado, por ser altamente competitiva e individualista, si uno ha sido excluido, eliminado del entramado social? En una época donde lo que se promueve es la cultura de empresa, ¿cómo sobrevivir siendo un desempleado? En una sociedad donde disciplinas como Filosofía, Historia, Filología y Arte están abocadas a la desaparición, ¿cómo alzar la cabeza y acudir con dignidad a una oficina de empleo con un título de doctor en Filosofía? Esta angustiosa indiferencia ante la trágica situación que uno está experimentado no puede más que añadir tristeza.

A todo esto hay que añadir la desesperación al observar cómo los días se van sucediendo, uno a uno, casi imperceptible pero ineludiblemente, agotándose los mejores años de juventud, donde lo que corresponde es disponer de los medios que te permitan conformar y disfrutar de tu vida. ¡Para eso te has preparado! En lugar de eso, los años pasan y "la nada" avanza, como en la "Historia interminable", donde al vacío que queda tras la desilusión y la pérdida de imaginación acaba inexorablemente con el mundo conocido. En esta historia, el mundo se recupera gracias a los sueños e inquietudes de un niño que se niega a dejar de creer que es posible cambiar las cosas. Quizá por eso, llegados a este punto, uno trata de volver a su infancia, a lo que fue, y recuperar las aspiraciones, las luchas, los temores y las esperanzas que, en un primer momento, ayudaron a enfrentar el mundo, a trazar un camino a partir de su sensibilidad, voluntad y experiencias; recuperar esa identidad perdida y la dignidad y el valor suficientes para llenar ese vacío, sin caer, a su vez, en la desesperación incipiente por ser hoy un día que no tiene indicios de ser distinto a ayer. La máxima socrática "Conócete a ti mismo" se convierte entonces en el imperativo por excelencia.

Tamara Ojeda Arceo

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