LAS avispas guardan con celo su enjambre, aunque distante del codiciado néctar de las rosas que parecen sestear en un jardín bullicioso e inquieto. El sol ya ha sobrepasado la copa de los árboles con flores azules, pero inalcanzables para libar su jugo. La sed entorpece el tacto y la mano dadivosa se electriza de repente por la punzada esquiva y traicionera, y cae en la cuenta de haber invadido un coto reservado para las reinas.
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