D. BARBUZANO, La Laguna
La Laguna tiene muchos valores pero, a no ser por los buenos amigos, se suele olvidar a esos hombres que, con su buen quehacer, han contribuido a la estética y conservación del patrimonio arquitectónico de la ciudad, como es el caso de Ángel Delgado Fajardo, más popularmente conocido como Luciano "El Pintor".
En una casa de la calle de Herradores nació en 1929 Ángel Delgado, quien, con el paso del tiempo, se ganó un puesto en el corazón de los laguneros y sobresalió en el mundo del arte laboral de pintar tanto las casas de las familias más humildes, como los edificios de la noble sociedad lagunera, sin olvidar las construcciones tradicionales más sobresalientes. Y ahí es donde está la gran fama de nuestro pintor, como es el haber contribuido a la conservación, para presentes y futuras generaciones, del patrimonio arquitectónico, al aplicar materiales de primera calidad y técnicas, fruto de una honradez en la que, aunque interesaba el dinero para subsistir, primaba el amor por los edificios laguneros.
Ángel Delgado tiene en la actualidad 79 años de edad, pero conserva varias cualidades que motivaron que fuera en su tiempo el pintor preferido de las familias de La Laguna, como es la educación, la simpatía y un corazón siempre abierto a la amistad.
Cuando joven estudiaba por la noche en el colegio de don Gregorio para saber leer y escribir, dedicando las mañanas a trabajar porque había que aportar a la economía familiar. El primero de sus trabajos fue el de carpintero de construcción de carros, oficio que aprendió en el taller de José Socorro en la calle Candilas. Era el tiempo en que los carros tirados por mulos eran el medio para transportar mercancías con dos paradas de carros: una detrás de La Concepción y otra en La Cordera.
A los 17 años, Ángel Delgado empezó a trabajar en el surtidor de gasolina que hubo en la plaza Doctor Olivera, frente a la estación del tranvía. "Fue -según recuerda- el primer surtidor eléctrico, y era frecuentado por los taxis, la guagua de El Ortigal o algunos de los pocos coches de la época como el del general de Brigada Antonio Fuentes".
El trabajo era compensado por un ambiente muy alegre que se formaba en la zona, que recuerda con agra-do don Luciano, ya que era el punto donde el tranvía dejaba a las lecheras, quienes, con sus picardías, alegraban las mañanas laguneras. También acudía a las fiestas Cristo de Tacoronte con un grupo de amigos, siendo él quien tocaba la guitarra, regresando a La Laguna al día siguiente, con algún vasillo de vino de más, cantando con las lecheras en el tranvía.
Cuando hablamos de la profesión de un familiar, amigo o conocido, si es pintor irremediablemente hay que resaltar una coletilla: ¿De brocha gorda o de cuadros? Si es de cuadros elevamos el énfasis en la categoría como si de clase alta se tratara, creando una diferencia de distinción. Si, por el contrario, es de brocha gorda, está claro que se dice como más bajito no sea que se moleste al aludido, ya que parece ser que el arte sólo está en el que pinta cuadros. Pero en ello hay una gran equivocación, al menos en el caso de don Luciano, pues si se admira un cuadro transporta a otros mundos y emite sensaciones varias. Pero también es de valorar que las viviendas donde viven las personas, incluso los pintores de cuadros, si están bien pintadas, aportan confort y calidad, no debiendo olvidar que estamos hablando de la vida cotidiana. Por todo ello hay que aclarar que Ángel Delgado fue un artista, ya que, al principio, dominaba como nadie el pintado de viviendas, utilizando cal y colorantes con tierras de colores que aplicaba a las paredes, mezclando tonalidades para obtener la estética en la construcción, la cual también restauraba, cuando, por ejemplo, faltaba un trozo de cornisa u otro elemento decorativo.
Obras de arte
Barnizaba obras tan relevantes como el púlpito de madera de la iglesia de La Concepción y limpiaba las pinturas al óleo que lo rodean con aceite de nuez. Pintó los edificios más emblemáticos de la ciudad como los palacios de Nava y Salazar y el Ayuntamiento de La Laguna.
Cuando regresó del Ejército, con 22 años de edad, su padre, Luis Delgado Álvarez, habló con el afamado pintor Manolín y empezó a trabajar con él en el oficio del arte de pintar, con elegancia y profesionalidad, los edificios del casco lagunero. En aquella época iban a pintar Manolín, Luciano y otro de los grandes de la profesión como fue Pacolín.
Luciano señaló que las casas al principio eran de muchos colores, hasta que entró de alcalde, Narciso Vera, que quiso que fueran blancas. Era la época en que la gente pintaba el interior de sus viviendas de muchos colores, aunque nuestro maestro siempre aconsejaba el crema y el verde claro.
Al preguntarle sobre el secreto que tenían a la hora de pintar dijo: "Raspar y ligar bien las paredes, darles luego un fondo y finalmente la pinturas con mucho cariño".
Luciano pintó al principio con cal virgen que teñía con colorantes naturales. Fue conocido como pintor de brocha gorda, "El Pintor" y el pintor de la aristocracia, porque sólo lo llamaban a él familias como los Benítez de Lugo, los Monteverde, los Zárate o los Ascanio. A sólo Luciano se le permitía pintar nobles edificios de La Laguna, como los conventos de Santa Catalina y Santa Clara, San Benito, San Juan, el Ayuntamiento de La Laguna y los palacios de Nava y Salazar y Frías.
Luciano dice que el éxito está en "pintar una casa con honradez, sin engañar ni utilizar productos malos". Barnizaba el púlpito de madera de La Concepción y las pinturas al óleo que lo rodean con aceite de nuez. Era un artista completo porque, además, restauraba partes de las casas como cornisas.
Esta es, a grandes rasgos, la historia de don Luciano, que ha dado color a una ciudad que, como dicen sus amigos, debía concederle la Medalla de Oro de La Laguna ahora que puede disfrutarla.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD