Primum vivere, deinde philosophare. Vivir para filosofar. Filosofar para vivir. Vivir para pensar. Pensar para vivir. Uno, que escribe por el placer de escribir y por simple gimnasia mental, para evitar la somnolencia neuronal, muchas veces, por su condición de médico, cree que debe escribir algo que sirva de receta para casi todos de los males que afectan al cuerpo y desquician al alma. El enfermar es consecuencia del mal vivir. La enfermedad, muchas veces, es el resultado de una vida equivocada. La vida altera el pensamiento. El pensamiento altera la vida. El alma altera al cuerpo y el cuerpo altera el alma. Espero que la receta sirva para los que lean estas líneas y también en provecho propio. Médico, cúrate a ti mismo. Lo que sirve para ti, sirve para los demás.
Vivir no es fácil. Convivir es más difícil y bastante más complicado. Alcanzar la calma, la saludable calma, para el que intenta conseguirla, es una dura tarea. Desde que el primer humano puso los pies en la tierra se sorprendió y se horrorizó de las luchas que lo asediaban. Una de las primeras lecciones que aprendió su recién inaugurada mente fue la dañina lección de los conflictos. Y la lección la recogió y la depositó dentro de su alma. Allí, los conflictos y las disputas, como algo enfermizo, intentaron desplazar de su trono original al gran don de los dioses, la calma. Y, pensando en y sufriendo por la virulencia que los conflictos producen en el cuerpo y en el alma, ideó múltiples estrategias.
Desde entonces, ha buscado miles de fórmulas para restablecer la calma, para volver la intranquilidad en tranquilidad. Al principio, por su escasa experiencia en la vida, devolvió ojo por ojo, pedrada por pedrada. Como el daño era insuficiente, pues sólo fabrica tuertos y algún que otro hueso partido, inventó las guerras a muerte segura, y con cada guerra traía nuevas armas, cada vez más destructivas, y como las armas de destrucción masiva no dieron resultado, creó la guerra de las ideas extremas. Pero en un momento de lucidez, pensó que todas las guerras son inútiles. Han pasado muchos siglos, y el hombre, porque además de vivir piensa, desengañado de las inútiles guerras, cansado de enfrentamientos, siguiendo los vaivenes de su alocada mente, ha imaginado y empleado las más raras estrategias para conseguir la paz, que es lo mismo que su paz. Y si nos reducimos a su paz se comprueba que muchas de las estrategias empleadas son, en su mayoría, ineficaces y enfermizas. Hay que utilizar estrategias saludables que no pongan en mayor peligro la estabilidad deseada, que es lo mismo que la salud buscada.
Y reflexionando y filosofando, encontró la moral, donde situó la bonanza, la integridad, la fortaleza y la búsqueda de la pública estimación. Modeló su carácter con la reflexión. Y quiso conservar las cualidades hasta el final de sus días y hasta donde alcanza el recuerdo. Aprendió que el trato personal es el mejor reflejo de un intelecto de calidad. Intelecto de calidad, donde siempre destaca la paz. La paz es el timbre de las buenas acciones, el sobretono de los buenos pensamientos. En el propósito de vida saludable predomina la paz, la paz que desplaza a las otras cualidades.
En el capítulo sobre ataraxia del "Oficio del Pensamiento" de Julián Marías, hay un término español que define claramente lo que necesita el hombre para estabilizar su vida y conseguir la salud, y transmitirlo a los demás. Sosiego es la palabra exacta. Palabra que no tienen los otros idiomas y que los españoles la hemos despreciado por términos anglosajones. El sosiego es un estado de vida interior que consigue el hombre con su trabajo y después de vencer múltiples dificultades. El sosiego es autenticidad conquistada.
La más saludable estrategia del hombre es el sosiego trabajado y conseguido pese a las luchas exteriores que, como humano, compartimos con la sociedad que nos ha tocado vivir, y pese a las luchas interiores que, como persona, soportamos por la densidad de nuestra propia existencia. El sosiego se consigue en el diálogo del alma, en la consulta con la vida y con el sentido de la vida.
Y, a través del calor del conflicto, tomar la ley / en la calma hecha, y ver qué pronosticaba.
Éste es "El carácter del guerrero feliz" de William Wordsworth. ¿Quién es el guerrero feliz? ¿Cada hombre tiene en sus brazos el deseo de serlo? Puede que sean guerreros felices sólo los que consiguen dominar las tempestades. Como preguntaba el mismo William Wordsworth:
¿Quién, impuesto a ir en compañía del dolor, / y el miedo, y la matanza, ¡miserable tren! / torna su necesidad en gloriosa ganancia?
Aplacadas las tempestades, navegando en el denso bálsamo de un mar en calma, por encima de corrientes submarinas, es donde se manifiesta su específica cualidad básica, la que le dirige por un camino determinado y le marca su propio destino. Lo dijo Heráclito: "El carácter de un hombre es su destino". Y es la bonanza del carácter la que permite viajar, impulsado por los vientos del espíritu de alta montaña azul, por la ruta de un destino noble. Como canta el apache: "Estoy agradecido por ese ejemplo de bondad que de arriba viene".
La saludable estrategia utiliza dos armas: la tranquilidad y el manejo del tiempo. El humano, en situaciones llenas de contagios psíquicos, después de innumerables reflexiones, sólo en la tranquilidad y el manejo del tiempo, encontrará la clave exitosa para la salud. La única fórmula saludable es apagar la sed del sediento, desalterar al alterado, tranquilizar al intranquilo, superar el desasosiego por el sosiego.
Sólo vive en salud el que domina las alteraciones ajenas y propias por la magnificencia que brota de un alma tranquila y la generosidad que da la gran bebida espiritual que es la paz. Sosiego es lo que necesita el hombre. Sosiego es lo que precisa nuestra sociedad. Paz lograda. Amor conseguido. Amor compartido. Entrega total. Tranquila felicidad. Saludable estrategia. No hay disputa que valga una coronaria, ni conflicto que merezca una arteria cerebral. Ni crítica ni halago que desequilibre el alma en el sosiego conquistado.
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