LA dinámica de la propia política, con minúscula, y la realeza de la democracia servida desde la política, con mayúscula, por su misma naturaleza y circunstancias, tiene unas modulaciones, más o menos fuertes, que hay que salvar. Si es posible, manteniendo los principios. Por de pronto, los constitucionales. También los concretos, que sustentan los partidos. En todo caso, sin ser tergiversados por la falsedad, la mentira o la opacidad. Por todo ello, hay que admitir una cierta "fenomenología" que a veces se convierte en patología, o en incoherencia. Sería el caso de la UCD, de la que se hizo cargo un Leopoldo Calvo-Sotelo, el más "intelectual" de sus políticos, pero el menos político de sus "intelectuales". Lo traté de cerca, en la etapa suya de Procurador en Cortes, y conocía su etapa en la transición. Buena parte de los que lo "ascendieron", y algunos de los que lo "lincharon", han sido los que han estado -ahora- en la primera fila del homenaje póstumo. Lo traigo como un recuerdo personal, apropiado al tema de la incoherencia y al desguace de una fuerza política -el mosaico de la UCD-, cumplido su papel, y fenecida "desde dentro".
Algunos han querido recordar esta situación, ante la que, como efecto del 9-M-2008, los "populares", que supieron arrancar bastantes más votos, pero no suficientes, tras el atentado de Mondragón, y los pre-pactos nacionalistas-socialistas. En reflexiones poselectorales, había una que era una llamada a la reflexión y a la autocrítica. Y eso -silenciosamente- se ha cumplido en buena parte por los socialistas. Acallados, disciplinadamente, por una renovación gubernamental, que no ha parecido esencialmente dirigida a la eficacia en la "gestión", singularmente la financiera y fiscal, como situación de crisis no reconocida, o con signos de márketing, o de ungüentos de pacifismo o desaceleración.
Los populares, al contrario, tras una fase de silencio y "descanso", y sin transparencia fehaciente, no han llegado, en estas fechas, a sentar a tiempo los principios, programa y presencia activa, como oposición, que se ha presentado evaporada, o vacía. Y así, sobre el diseño de la portavoz Soraya Sáenz de Santamaría, han surgido bajas, unas conscientes, otras veladas -Zaplana, Acebes- y algunos silencios -Pizarro, Costa-... Tras el "desguace", no bien medido, aunque necesario en parte por la derrota electoral, se ha ido a una "renovación" incompleta, sin saber el rumbo o sin entrar en temas como el llamado trasvase del Ebro, que al menos jurídica y políticamente no se ha sabido usar, ofreciendo, cara a los votantes de todos los partidos, incluso el socialista, no sólo sorpresa, sino frustración y falacia. Otro tanto con la impunidad de los piratas.
El líder o líderes del PP no han querido, o no han sabido, o no han podido, plantearse, al menos, la fase de una "regeneración", que no es sólo la personal, son también la que debería suponer, a estilo de Joaquín Costa, una ratificación actualizada de lo que han de ser y han sido hitos fundadores: la vigencia constitucional de la unidad de España, como presencia y opinión ante el Tribunal Constitucional. El anticipo de unos pactos de Estado, que afecten a las cuestiones que siguen siendo utilizadas como "oportunidad" -la educación, la justicia, el ecosistema moral, la política exterior, etc.-, y asimismo, la definitiva posición respecto de Navarra, con la reforma constitucional al respecto, y el terrorismo. Y naturalmente, aquellos otros aspectos que pueden ir surgiendo, como la política hidrográfica, la competencial, etc. Esa sería la puesta a punto de un regeneracionismo, aplicable a ambos partidos, remediando en lo posible el vacío de un desguace impensado, y la renovación no bien equilibrada.
* Jurista. Académico
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