1.- A unos gamberros les hadado por mear sobre los coches en una autopista tinerfeña, desde un puente. También son ganas. He leído la noticia en este periódico. Ignoro si los miccionistas -no existe este vocablo en castellano- han sido detenidos y conducidos ante la presencia del señor juez, con la picha a medio entrar en la portañuela. O no. Sí recuerdo que eso de mear era normal en el estadio de Maracaná, en donde los que se sitúan en las tribunas altas mojan de orín a los de abajo. Me lo advirtieron cuando entré en el estadio y un amigo que me acompañaba me proveyó de un chubasquero y una gorra plástica, por si acaso. No sentí lluvia dorada alguna sobre mi cuerpo y vi el partido de la Selección de Brasil con relativa calma. Pero a mitad del primer tiempo se produjo la gran fiesta de la meada y aquello (afortunadamente, no en los alrededores de mi asiento) era todo un espectáculo. Los más violentos miccionaban en bolsas de plástico, cuyo contenido repartían equitativamente entre los asistentes al evento, como se dice ahora y ya está admitido por la RAE. Algunos, los de más músculo, lanzaban la bolsa al juez de línea, que daba saltitos, como si estuviera pisando charcos. Y realmente eran charcos.
2.- Yo creo que a ver el partido me acompañó Manolo Medina , el Minuto, que en paz descanse, que era dueño de un gran sentido del humor. Maracaná es un estadio impresionante, en el que pueden suceder las cosas más raras; puedes comprar de todo; tiene unos palcos maravillosos y en ellos se percibe la diferencia entre pobres y ricos: los ricos entran a sus reservados con su escolta y almuerzan allí consumiendo sofisticados manjares; los pobres se mean entre ellos. Estas dos circunstancias podrían definir las diferencias sociales en un país grande, rico y pobre a la vez, que un día llegó a tener hasta rey.
3.- Salir indemne de Maracaná no es normal, así que lo celebré con diversas caipiriñas, servidas con primorosa atención femenina en el Río Palace, con la playa de Copacabana enfrente. A aquel viaje fue también mi buen amigo, también desaparecido, César Manrique . Me parece que César no acudió al estadio, con lo cual se perdió la amarilla riada. Se lo contamos después. Río de Janeiro es una de las ciudades más peligrosas del mundo, pero jamás pensé que tanto. Los policías, fuera de turno, atracan bancos; los taxistas, en sus horas libres, son policías. Un potaje monumental que se soluciona en ocasiones -por la cosa del desahogo- meándose unos a otros. Esperemos que los chicos del puente sean la excepción local, porque ese estilito no era normal en esta ínsula. Al menos que yo recuerde.
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