COMO les comentaba en la segunda parte de este relato el pasado domingo, el paisaje que se mostraba ante mis ojos y que yo veía desde mi asiento en la parte alta de la guagua "sightseeing" maltesa era desigual. Las zonas áridas desilusionaban un poco, pero pronto éstas dieron paso a otras con algo de verdor; tuneras con sus higos picos, palmeras, olivos, vides, higueras, bouganvillas, pinos, etc., se encargaban de ello. Algo que me llamó la atención fue que todo o casi todo en aquellas islas mediterráneas estaba construido con la piedra caliza local de color amarillo; con la luz solar ésta parece iluminarse. A mí me hace recordar la piedra pómez de nuestro sur tinerfeño, luminosa y especial.
La guagua siguió su ruta por las vías interiores, muchas de ellas tenían bastantes baches; pero qué más daba en esos momentos un brinco más o un brinco menos, si nos estaban paseando el cuerpo por media isla y encima por 15 euros. Afortunadamente para los malteses y para los que no lo son, los precios en la antaño Melita todavía no se han disparado; será que don euro sólo lleva circulando unos meses en el país de la cruz de San Jorge.
Entre los comentarios de los turistas y la novelería de la excursión, llegamos a Mosta; su bonita iglesia centenaria de enorme cúpula redonda invitaba a visitarla y eso fue lo que hicimos. Luego descubrimos un poco el secreto de sus calles y rincones más bellos, donde algunos de los restaurantes típicos tenían su sede culinaria; en sus pizarras exteriores el menú del día: conejo con ajo o "fenkata", espaguetis, pulpo, etc. Nos tocó esperar, una vez más, a la guagua del sube y baja; cuando llegó, nos dirigimos en ésta al suburbio de Rabat. Una vez allí, un modesto carruaje a caballo nos llevó a visitar las catacumbas de San Pablo y las de Santa Águeda; también hicimos una visita a la cueva donde dicho santo estuvo cautivo -año 60 d.C-. El mismo vehículo de tracción equina nos adentró en la ciudad del silencio -Mdina-, antigua capital de Malta; las callejuelas medievales y edificios barrocos nos transportaron al pasado sin habernos movido del presente ¡faltaría más! De repente, alguien saludó al señor que guiaba el carruaje con un ¡adiós Charly! -Carlitos en canario-; lo curioso es que el conductor de la furgoneta que nos llevó al hotel desde el aeropuerto y el chofer de la guagua "sightseeing" también se llamaban así. ¿Casualidad o estrategia? Por lo visto lo segundo; en caso de reclamación, ¡échale la culpa a Charly!
Seguimos carretera y manta; a partir de ahí, el paisaje se volvió un poco más verde y las charcas ganaron protagonismo, al igual que las huertas. Las gentes del campo abanaban al paso de la guagua con una sonrisa en los labios, quizás conscientes de que los turistas son su primera fuente de ingresos y de que la amabilidad junto a la calidad no pueden olvidarse. Una hora después, estábamos de vuelta en el hotel; tras la refrescante ducha y una cena ligera, lo normal en estos casos.
Al otro día, alquilamos un coche y nos fuimos en el ferry a Gozo; el trayecto duró unos 20 minutos y la sensación era de como si estuviera navegando entre Tenerife y La Gomera, sólo que nuestras islas son un vergel en comparación con aquellas. Desde la cubierta del barco, contemplé la minúscula isla de Comino al pasar frente a ella; su torre vigía de nombre Santa María y su laguna azul podían verse con cierta claridad. Una vez llegados al muelle de Gozo nos adentramos en la isla y gozamos -valga la redundancia- , de su paisaje y sus pueblos; en estos últimos el tiempo parecía haberse detenido. Su capital, Victoria, conserva con orgullo los siglos de historia.
Antes de caer la noche, volvimos al barco; yo estaba molida como un zurrón y el cansancio ya estaba haciendo de las suyas.
El cuarto y último día de estancia en aquellas islas había llegado. La famosa furgoneta nos vino a recoger al hotel para llevarnos al aeropuerto; esta vez yo me aseguré primero de que quien la conducía no era el inocente Speedy Gonzales. En realidad, resultó ser primo de éste. ¿Me entienden, no?
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