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TROMPULGA Y CHICHAPIÉ JOSÉ A. INFANTE BURGOS

Césped y piscinas

1/jun/08 01:20
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Retrocediendo unos 15 o 20 años y para atrás, a cualquier practicante del deporte rey de nuestras islas se le hacía la boca agua cuando cataba por televisión esos céspedes en los que un delantero centro se lanzaba de cabeza a rematar un gol. Por el aire como Supermán. Los defensas internacionales se deslizaban sin pudor a rebañar una pelota que traía dominada el delantero. Una gozada. Como una hoz segando. ¡Espectacular! Recuerdo un gol de Gárate catapultado en ariete.

Si aquí, por casualidad, se le hubiera ocurrido a alguien emular al jugador del Atlético, en el campo de Don Pelayo, por decir algo, al ambulatorio de enfrente, ingresado directamente. El panorama local, en ese tiempo y en esa regional o tercera, juveniles o infantiles, eran malpaíses y piconeras, mal fraguados y señalizados, en los que no se sabía cuándo un balón salía fuera. En los que te resbalabas, te medio matabas y con mercurio rojo en cuentagotas desinfectabas. El balón, cuando tú habías colocado el empeine de una manera calculada para rematar, botaba (por las piedras) de tal forma que le impactabas con la barriga y la gente criticaba, ¡qué malo es el gandul! En todos los campos de fútbol de Canarias, a excepción si acaso del estadio La Manzanilla, Miraflores, Los Cuartos y el "Insulah", se dejaba "un infinito" que desear. Algunos de estos en bajada -el entrenador pedía que cuando eligiéramos campo fuera en la segunda parte el más alto-; otros, con un cable eléctrico negro (El Tablero) a unos 15 metros por arriba del centro del terreno de juego, en el que cada vez que el cuero contactaba, el árbitro bote neutral pitaba. Sin duchas -con un tubo por el que salía agua negra-, sin accesos, sin casetas, sin banderín... El césped era en ese entonces un verdadero lujo y el mejor regalo que se le podía hacer a un chiquillo al que le gustara patear era jugar en el estadio.

Lo mismo sucedía con las piscinas. Eran rarezas, escasísimas y un bien muy poco abundante en esa época. Recuerdo que íbamos más felices que El Pupa al Balneario y nos dábamos planchazos desde aquel trampolín que después quitaron, porque los más atrevidos se tiraban desde los muros y banderas. Nos colábamos, cuando podíamos, en la Municipal y el olor a cloro era gloria bendita de tecnología avanzada para las nuevas generaciones de aquel tiempo, incluso de la O.J.E., en los finales de la olvidada dictadura.

No hace tanto tampoco. Un césped y una piscina eran el sueño de un niño medio, de un barrio o pueblo medio y quizás podría compararse a ir hoy en día a "Eurodisney" o al "Loro Park". Cuando empezaron a importar esos híbridos de césped que aguantan tan bien el sol y a plantarlos en parques nuevos como La Granja fue la atracción y los puretas organizaban el partidito entre los arbolitos.

Afortunadamente, lo que cuento, que saben que es verdad, cambió, y hoy por hoy ningún pibito tiene el trauma. Los campos de futbol con el increíble "bisnes" - los dueños del meganegocio podrían estirarse un poco- de la instalación de césped artificial han evolucionado de célula a elefante y son ahora "Maracanás". Con pivotes que se abren a regar, con caucho sintético, medidas homologadas, duchas de agua caliente y fría, taquillas y el balón flotando por la galaxia. Las piscinas también son comunes. El que más y el que menos, no digo que tenga una, pero puede inflarla en la azotea. En Amasa, el año pasado apareció una de las grandes armada en mitad de la avenida. Seguro que usted puede permitirse llevar a los enanos a una grande, relativamente fácil y cómodamente. Lo que pasa es que ya los niños no se inmutan con eso.

¡Tiempos pasados!

infburg@yahoo.es

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