La barquilla varada
A aquel muchacho africano, veinteañero, alma inocente, rogando para que Dios lo acoja en el cielo".
Echado en el olvido marítimo,
se dejó llevar por el oleaje,
el sol apuñalando el aire,
bañaba el salitre su ropaje.
Ojos henchidos, ciegos, sin vida...
sobre la arena duerme yermo,
mientras una luz allá a lo lejos,
dejando el mundo atrás, sin nadie verlo.
Una gaviota solitaria vuela,
cayendo al agua un hachón vibrante;
no había nadie por allí aquel día,
nunca supo dónde llegó el navegante.
Era una playa desierta,
en la orilla encallaba la barcaza,
bajo la gran quilla nocturna,
navegó jornadas en lontananza.
El designio trágico y humano,
de su país huyó en desolación,
con el largo cuerpo moreno, curtido...
yacía inerte el joven africano.
Tirarse al mar era un rito,
bogar casi una ceremonia,
y en un loco frenesí,
se perdió la barca en el confín.
En la proa de los sueños,
quiso encontrar el destino,
puso su corazón, su empeño...
tomando el océano como camino.
Ay, pajarillo veloz, aventurero...
¿Qué esperabas en la ruta,
mojar las alas de tu cuerpo,
o perder la vida en el empeño?
Hoy muchos de tus compañeros,
lloran afligidos tu partida,
descansando en refugios canarios,
en adecuados Centros de Acogida.
Luz-Marina González Núñez
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