MERECE la pena recordar que el ambiente enrarecido que hoy vivimos en Canarias es debido a cierto nerviosismo de la denominada clase política, que continúa con una serie de conflictos internos que han visto la luz en las últimas semanas con el evidente perjuicio a la credibilidad que quieren transmitir y que, de ninguna de las maneras, llega a los destinatarios respectivos. El alterado panorama insular tuvo sus orígenes en un ayer muy lejano y se desarrolló en un marco único: el Parador de las Cañadas del Teide. Allí, el 14 de abril de 1978, se constituyó la Junta de Canarias, arropada por un ambiente que dejaba bien claro que lo del Pleito seguía vivito y coleando y que iba a condicionar el nacimiento de una preautonomía. No obstante, se esbozaron las primeras ideas sobre el proyecto de Estatuto de Canarias, y que no eran otras que las referidas a las sedes de las instituciones y al sistema electoral (¡) para la formación del futuro Parlamento regional.
Bastan estas breves notas sobre la génesis de nuestra Comunidad para no perder de vista los enfrentamientos que siempre han caracterizado al devenir del pueblo canario, trayectoria de la que debemos estar agradecidos, siempre, al dictador Primo de Rivera, quien, el 21 de septiembre de 1927, dividió, desde Madrid, al Archipiélago en dos provincias, con lo cual no sólo no terminó con el problema agudo de las estúpidas rivalidades, sino que las empeoró hasta convertirlo en crónico. Las repercusiones llegan hasta hoy... sin visos de solución. La aportación intelectual de ilustres ineptos y el formidable tapón del Gobierno Zapatero han contribuido a que el nuevo Estatuto se encuentre a la espera de retoques autonómicos y estatales que contenten a todas las fuerzas políticas. Es decir, como de costumbre, estamos en manos de Madrid y de grupos vinculados con la capital de las Españas para que se llegue a la aprobación definitiva de una ley nuestra.
Ante estos vaivenes políticos, que se repiten cada año, cabe preguntarse qué es lo que vamos a celebrar el próximo viernes, 30 de mayo. Ese día, en 1983, se constituyó el primer Parlamento de Canarias y aquel acontecimiento propició que se eligiera esa fecha como el día de nuestra Comunidad, el Día de Canarias. Es importante, para la reciente historia de nuestras Islas, no perder de vista que, de los 500 años que nos han gobernado desde la distancia, sólo en estos últimos 25 hemos comenzado a caminar dificultosamente, con nuestros propios problemas y a buscar soluciones desde y para nuestra tierra. Pero no todo se ha conseguido. Quedan en Madrid responsables políticos que ignoran nuestras especiales características que definen la lejanía. Pero, asimismo, no olvidemos que los distintos gobiernos canarios que se han sucedido (aunque con ligeros matices, siempre han sido los mismos), son culpables de la existencia de una escalera de fracasos que no tiene fin.
Celebraremos el viernes que estamos a la cabeza, en todas las estadísticas nacionales, en el paro (170.000), en la pobreza (500.000), en fracaso escolar, en sanidad y en la formidable corrupción que interesa a muchas instituciones. Festejaremos con cotufas la vergonzosa situación de los salarios, de las pensiones, del penoso espectáculo de los sindicatos, de los sueldos de los parlamentarios, de los coches oficiales, de los escoltas y de los baños de los perros en la playa de Las Canteras. Tiraremos un cohete en agradecimiento a la televisión canaria que anuncia un nuevo (¿) programa dedicado a los vividores de siempre, vinculados, dicen, con el mundo de la cultura y que sólo costará cientos de millones (Miguel Cabrera Pérez-Camacho, el único que parece lúcido en la Cámara regional, ha sido clarísimo: que echen el cerrojo a ese medio), mientras en el Parlamento se ofrece una exquisita lección de lo que significa el analfabetismo sobre conocimientos literarios y artísticos, mostrando la existencia de pseudocircuitos para amigotes. Aplaudiremos la escenificación de los nueve círculos del Infierno de Dante en los servicios de Urgencias de los hospitales canarios, de la creación de la policía autonómica (un capricho del consejero Ruano que costará más que los hospitales del Norte y del Sur), y sonreiremos ante la negativa de una serie de grupúsculos a que Canarias avance y, por el contrario, se estanque en el mundo de las alpargatas, retrasando la realización de una serie de infraestructuras vitales. En fin, estas cosas no se escucharán el viernes en varios discursos inevitables porque no son políticamente correctas. Pero sí veremos a una serie de mandatarios con banderitas que hace poco rechazaban. Felicidades.
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