CUANDO vi una fotografía en un periódico local en la que aparece la nueva delegada del Gobierno en Canarias, doña Carolina Darias, que acariciaba tiernamente el cachete izquierdo del secretario general regional del PSOE, don Fernando López Aguilar, en presencia del presidente del Gobierno autónomo, don Paulino Rivero, quien sonreía complacido, me vino a la mente aquella escena de "La venganza de don Mendo" en que el protagonista atraviesa el escenario dando el brazo a la Reina y diciendo: Berenguelilla, tutéame/ y si te place, osculéame en ambas mejillas. En otro grabado, menos llamativo, aparece la señora Darias con la ministra de Administraciones Públicas, doña Elena Salgado, quien vino a presidir el acto de relevo, del cual el delegado saliente don Salvador García Llanos, se enteró por la prensa, como ya comenté en artículo anterior, naturalmente, a nuestro paisano y mi amigo y colega Salvador, uno de los socialistas realmente modélicos, si no el más de todos los que ha tenido a lo largo de su historia el PSOE. Con esa desatención y esa furciada correspondió el partido del Gobierno, que es el de Salvador, a la entrega siempre de este militante y a la positiva gestión que realizó, como delegado del Ejecutivo, en esta breve vuelta a un cargo de gran responsabilidad.
Me supongo que en su caricia a la mejilla del señor López Aguilar, doña Carolina Darias habrá notado la dureza granítica de la cara del susodicho, a quien culpan los mismos compañeros de aquí de ser el que aprovechó la ocasión, que tuvo cuando su idolatrado jefe, don José Luis Rodríguez Zapatero, le dejó las manos libres para relevar a Salvador García de tan putesca -con perdón- manera. La desconsiderada y vengativa acción lleva su sello. Sí que va a lograr grandes éxitos el presidente Zapatero si deja a este ejemplar en Madrid, con poder y con las manos sueltas. Entonces empezará a tomarla con partidos y con políticos de Canarias, para vengarse de la jugarreta que la hicieron con las alianzas para quitarle su victoria en las urnas. Ya empezó desde dentro mismo del Parlamento regional, pero con poca fortuna, porque sus mismos compañeros, a veces, lo dejaron solo cuando sus agresiones verbales en las sesiones estuvieron a punto de provocar broncas frecuentes con tendencia a llegar a las manos. Afortunadamente, no hubo escenas como las de los parlamentos centro y suramericanos. Ahora, desde que llegó a Madrid y Zapatero le dio poderes, empezó con uno de sus compañeros de partido más competentes. Y se supone que seguirá incordiando, caíga quien caiga.
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