MARIANO RAJOY está en una curiosa encrucijada que se caracteriza por la existencia de una intensa campaña en su contra que sin embargo no tiene cara ni ojos: genera hostilidad pero no se manifiesta una oposición realmente organizada, por lo que no acaba de salirle un contendiente. Lo cual es malo para el partido mismo, que no encontrará en el próximo congreso verdadera oportunidad de optar.
Las razones de esta situación aparentemente contradictoria son complejas, pero pueden quizá resumirse así: Rajoy arrastra dos pecados originales, que constituyen un pesado lastre a la hora de reivindicar su liderazgo después de haber perdido por dos veces las elecciones generales, partiendo de la mayoría absoluta que le legó Aznar (en esto se diferencia la carrera política del candidato de la de sus dos predecesores, que fueron construyendo poco a poco una opción que en ambos casos fracasó dos veces seguidas hasta imponerse a la tercera): el primer estigma fue, es, su designación originaria por Aznar, quien lo prefirió a él -seamos claros- porque pensó que podría controlarlo mejor que a Rato y porque al menos el gallego no se atrevió a la llevarle la contraria cuando adoptó su controvertida decisión de acompañar a Bush a Irak.
El segundo pecado original ha sido cometido por Rajoy durante la legislatura anterior, y ha consistido en no imponer su estilo y su personal criterio a quienes, desde determinados medios, lo han manipulado y puesto en ridículo al llevarlo a defender la falaz e inverosímil "teoría de la conspiración" y a ponerse al frente de una colosal tergiversación de lo que son y representan las víctimas del terrorismo, utilizadas entonces como ariete flamígero contra los adversarios.
Esta dualidad ha terminado colocando a Rajoy en su actual e incómoda posición, en la que es víctima de un agresivo cruce de debates que amenaza con destruirlo. De un lado, se cuestiona su legitimidad para mantener intactas sus aspiraciones de liderazgo.
¿No sería hora -piensa más de uno- de que corriera el escalafón y otros tuvieran la oportunidad de probar fortuna en las urnas? Tal interrogación se ha exacerbado al imponer Rajoy a una joven treintañera como portavoz en el Congreso, saltándose de paso a toda una generación después de haber laminado a Acebes y Zaplana, víctimas del desgaste producido por aquella estrategia. Pero, de otro lado, Rajoy habrá de rendir ahora cuentas a los entramados mediáticos que le marcaron la pauta de la crispación durante la legislatura anterior, contribuyendo de modo muy importante a su descrédito personal y a su derrota en las urnas, y, tras la catástrofe electoral, han decidido que Rajoy ya no es la persona adecuada para llevar al PP al poder. Lógicamente, tras estos críticos acerbos se han atrincherado tanto los enemigos de Rajoy cuanto los sectores de la derecha extrema que blandieron demagógicamente a las víctimas del terrorismo como látigos con que agredir al Gobierno que ensayaba, como los anteriores, un proceso de paz. Después de las concesiones realizadas por Rajoy a la AVT y al más radical y estéril antinacionalismo periférico (aunque aderezado, curiosamente, de vibrante nacionalismo españolista), no es extraño que San Gil y Ortega Lara se hayan sentido ofendidos y hasta vilipendiados cuando Rajoy ha dicho suavísimamente que, sin cambiar los principios, se dispone a centrar el partido. En esta línea, el fichaje explícito de Gallardón, bestia negra de la ultraderecha, ha convertido la ofensa en traición. Así las cosas, y aunque no parece de momento que algún competidor se atreva a disputarle a Rajoy el liderazgo, la posición de éste es sumamente delicada, y se convertirá en desesperada si, como está previsto, gana el Congreso de junio a la búlgara, como candidato único y con grandes unanimidades alrededor. Porque este procedimiento no le aportará ni una brizna adicional de legitimidad, lo que hará posible que medren las conspiraciones internas y que arrecien las presiones mediáticas para que mantenga la obediencia estricta a sus oráculos periodísticos, como ya hizo en el pasado. Rajoy necesita, en fin, ganar (o perder, si llega el caso) un Congreso verdaderamente abierto, como el del PSOE del 2000, al que se presenten realmente quienes crean que tienen alguna oportunidad de ganar o algo que decir. Para ello, bastaría con que se redujera drásticamente el número de avales necesario -hay tiempo de ello- y con que Rajoy fuera el primer avalista de cualquiera de sus contendientes. Si tal no ocurre -y no parece que el líder popular sea consciente de lo que le sucede- no sólo Rajoy saldrá del cónclave tan débil como antes: es que el propio partido, falto de referencias ideológicas y de autoridad, correrá serio riesgo de fractura.
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