LAS CATÁSTROFES en China y Birmania no provocan el más mínimo comentario e interés entre los candidatos demócratas y el republicano a la Casa Blanca. Inmersos en su batalla particular, que puede terminar por destrozarles ante la opinión pública y vaciar sus arcas, Obama y Clinton apuran sus estrategias en los pocos estados que quedan antes de la convención de agosto.
Obama aspira a que los cubanos de Florida, un lugar clave para ser presidente de los Estados Unidos, le faciliten los delegados que le faltan para doblegar de una vez a la infatigable ex primera dama, cuyo marido pide perdón por sus inoportunas referencias al fallecido Robert Kennedy. El ya candidato republicano, John McCain, tiene problemas y se ha visto obligado a publicar un informe médico que acredite su buen estado de salud a sus 72 años. Mientras tanto asiste complacido a la encarnizada batalla entre los demócratas.
Pero ni uno ni los otros tienen tiempo para mirar hacia Asia, hacia la desesperada situación de miles de seres humanos que en Birmania se están muriendo de hambre tras el ciclón Nargis al llegar con cuentagotas la ayuda internacional por la cerrazón de unos dictadores militares a quienes sólo les preocupa sacar adelante, con un referéndum en la zona afectada, una pantomima de Constitución que les legitimaría en el poder y les eximiría de sus crímenes.
Mucha declaración política internacional, pero el apoyo de China en Naciones Unidas permite al Gobierno birmano actuar con impunidad. Enfrentarse a la superpotencia asiática son palabras mayores porque Occidente ha decidido hace mucho tiempo que es preferible un jugoso y consumista mercado de 1.300 millones de chinos que preocuparse por la democracia, las libertades y los derechos humanos, como se hace, bien hecho, en Cuba. Sólo hubo protestas por la represión de las protestas en Tibet, con presiones que obligaron a celebrar un encuentro entre enviados del Dalai Lama y del Gobierno chino, que no ha dudado en expresar su oposición y profunda insatisfacción por el encuentro del viernes entre el primer ministro británico, Gordon Brown, y el propio Dalai Lama en Londres.
El enfado será mayúsculo cuando el monje tibetano testifique ante el Parlamento británico en una audiencia especial sobre los Derechos Humanos. No es Sarkozy quien ha dado este paso, ha sido un premier necesitado de recuperar popularidad, pero había que hacerlo y afrontar las consecuencias. Los Juegos Olímpicos, más cerca.
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