CON las postrimerías de la primavera agoto la cuenta de los días y de las semanas que se me antoja como tránsito en el tiempo hacia la asunción de la superioridad del espíritu sobre la cotidianidad de la materia cambiante y hacia la cristalización de las primicias de la cosecha que llega con el verano, ahora que no hay sitio para los sacrificios de la mañana y de tarde, ni para las ofrendas olorosas del mediodía. La vida es una cuenta constante de días y fechas, una narración permanente de nuestros hechos que sólo se reflejan en el rostro del Eterno. ¿Acaso no es un milagro que conmueva mi indigencia humana más absoluta?
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