DICEN que Felipe II, cuando suconsejeros y colaboradores entraban en alguna discusión agria y discutían elevando la voz, los reprendía con esta sola palabra: "Sosegaos". Sabio consejo. En los momentos de agitación, la calidad de las personas puede medirse por el grado de serenidad con que abordan las tribulaciones. Aunque el Diccionario define el sosiego también como quietud, la serenidad puede aconsejar en ocasiones la acción, y en este sentido puede decirse que la serenidad no es lo contrario de la acción, sino de la precipitación o el atolondramiento. Y el sosiego, en todo caso, dice relación con una inquietud o turbación precedente. El sosiego es algo que se alcanza tras sobreponerse a la agitación.
Vienen muy a cuento estas consideraciones a propósito de la circunstancia que atraviesa el Partido Popular, que ha marcado la semana política una vez más, dejando así al Gobierno el campo libre para esconderse de la crisis económica. En efecto, en estos últimos días se han producido dos defecciones resonantes en el seno del PP: al anuncio de dimisión de María San Gil como presidente del partido en el País Vasco y su no renovación como candidata al Parlamento autonómico de aquella Comunidad, se ha sumado el hecho de que José Antonio Ortega Lara se ha dado de baja como afiliado, después de más de veinte años de militancia, que mantenía desde bastante antes de su terrible secuestro de casi dos años a manos de la ETA. Inquietud de fondo
Si a estas dos campanadas añadimos el goteo de bajas que se está produciendo en la afiliación en toda España, la pequeña, pero ruidosa, concentración de simpatizantes del PP frente a su sede central censurando a Rajoy y a Ruiz-Gallardón, y los cruces de declaraciones de personajes relevantes, contestados en más de una ocasión por el propio Mariano Rajoy, el cuadro que ofrece el Partido Popular es, ciertamente, de una turbulencia considerable.
El presidente del PP ha retado públicamente a quienes no estén de acuerdo con él a que presenten en el congreso de junio su candidatura, porque ahora, ha dicho, no está compitiendo con nadie, y lo único que percibe es que algunas personas quieren que él abandone su pretensión de continuar en la Presidencia, cosa que no piensa hacer.
Es explicable esta reacción de Rajoy, pero no acaba comprenderse con qué propósito ha expresado de esta forma. Por todos los síntomas, lo más probable es que no se presente nadie más como aspirante a presidir el partido, porque a estas alturas es ya materialmente imposible reunir los seiscientos avales de compromisarios que exige el reglamento de funcionamiento interno. Si lo previsible, lo prácticamente seguro, es que nadie competirá con él por la Presidencia, ¿a qué viene este desafío, aparentemente dirigido al Hombre Invisible? Parece, pues, que también Rajoy debería atender la recomendación de Felipe II, y sosegarse cuanto antes.
Ya digo que es comprensible este clima de inquietud, porque después de la segunda derrota consecutiva en las urnas y del anuncio de un cambio de táctica política sin que nadie haya concretado en qué actitudes y materias se materializará, la desconfianza de muchos se explica sin ninguna dificultad. Pero el reto de Rajoy da la impresión de que éste piensa que todo puede reducirse a una pugna entre nombres propios. Si así fuera, creo que el presidente del PP cometería un serio error: es cierto que a algunos puede haberles irritado que el candidato a la presidencia del Gobierno en las últimas elecciones hable de las responsabilidades de la derrota como si pudieran alcanzar a cualquiera menos a él, como si el resultado electoral hubiera pasado a su través como la luz por el cristal. Pero es que, además, el anuncio de cambio de táctica y de equipo puede presagiar cualquier cosa, y las discusiones en la ponencia política, que desembocaron en la dimisión de San Gil, no auguran un futuro tranquilizador desde el punto de vista de los valores y los principios. Y si, para colmo, los que con más ardor defienden la postura de Rajoy son los medios de comunicación y los sectores políticos que lo han combatido hasta ahora con más ensañamiento, entonces la agitación interna es de todo punto inevitable.
Debate inevitable
Si Mariano Rajoy y el resto de la dirección del partido son conscientes de esta situación, plantearán el congreso de junio de forma que pueda abrirse con facilidad un debate profundo sobre todos los asuntos de fondo, aunque eso implique el riesgo de que el partido pueda fracturarse en dos o en más partes. Pero ese debate ya es inevi
¿De qué, más concretamente, estamos hablando? He aquí una relación de cuestiones, no exhaustiva, desde luego, que requieren clarificación detallada e inequívoca: ¿hasta dónde se estaría en disposición de ceder a las pretensiones de los nacionalistas para que pueda establecerse algún tipo de colaboración? ¿Se renunciará a reformar el actual sistema de cuotas en el Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial? ¿Qué actitud se mantendrá si el Gobierno vuelve a pedir autorización para reunirse con la ETA, sea para negociar, dialogar o "tomar temperaturas"? ¿Se mantendrá un criterio único sobre financiación autonómica y otras cuestiones conexas para toda España? ¿Se dejará que cada barón autonómico del PP, especialmente allí donde se gobierne, reforme o interprete el Estatuto a su gusto o conveniencia? Y, en relación con el modelo de sociedad que Rodríguez pretende imponer, ¿se combatirá hasta el final, hasta Estrasburgo si es preciso, contra la reforma del matrimonio civil, la "educación para la ciudadanía", la Ley de Igualdad y demás ocurrencias zapatéricas? ¿Cómo defenderá el PP la defensa del derecho a la vida, especialmente la de los no nacidos, la de los embriones y la de los ancianos, enfermos y discapacitados?
Son, todas ellas, cuestiones serias que, con sosiego, que no es quietud ni ponerse de perfil, habría que clarificar. Pero, ¿habrá este sosiego necesario?
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