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EL GONGO SERGIO LOJENDIO

Derivados del petróleo

24/may/08 01:59
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NO IMPORTA QUE el sol se despierte temprano. Desde que el amanecer despunta entre el laberinto de venas allí están ellos, errantes de la noche, respirando siempre sus pronósticos de mal agüero y mirando hacia el horizonte con una vacilación casi sospechosa. A toda prisa, contra viento y marea, se afanan en fabricar una cadena de preguntas oxidadas y aprovechan los primeros bostezos para llevarse cautivo al amor hasta los vértices del frío. Entonces dispersan la música de los corazones y van haciendo del dolor una costumbre más.

Estoy casi convencido de que son ellos los urdidores de esas mañanas donde el cielo no existe y las horas parecen enterradas; donde el silencio de las nubes acompaña la dureza de un aire cargado de agonías que aplasta bajo un gris opaco de malas sombras. Y confieso que desde la mirada de sus incombustibles ojos de cadáveres he sentido cómo vuelven sus oscuros rostros de despedidas -tibios ensayos de la inevitable muerte-, entre las fronteras deshilachadas de un remedo de infinito que a cada aliento respira más encogido.

Desde el acantilado de su poder sonríen como sólo lo hacen los necios, se hurgan entretenidos en los bolsillos -la guarida donde esconden tinieblas a manojos-, mientras recitan una retahíla de lúgubres órdenes y hacen crujir la libertad en un amargo crepitar. Y puede parecer que se humanizan cuando practican el gesto de calcular mentalmente la alegría, aunque sea en incómodos plazos, o al consultar en el reloj las precisas pérdidas del tiempo, que se volatiliza por las coyunturas abiertas de las horas, o cuando abren la boca para dar las gracias, acaso sólo un pretexto. Pero el miedo irracional les tensa el pellejo y parpadean con rubor, a derecha e izquierda, se alisan la piel desde el cuello y enmudecen. Y así vuelven a almacenar los réditos del desastre, se les caen los ojos como babas y, en un movimiento aprendido, acumulan la nostalgia bajo la alfombra.

Son ellos, gentes oscuras y pastosas que se adornan de plástico y desprenden un olor nauseabundo; ésas que a su paso lo cubren todo de cenizas, a las que el eco se niega ya a responder y que olvidaron el perfume de la memoria; son ellos, los herederos de los días destruidos; los que desvisten de amor a la lluvia; los que viven una pasión deshabitada y sola; los que caben y hasta sobran en una palabra...

Son ellos, los derivados del petróleo.

*Redactor de EL DÍA

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