Y A NO RECUERDO cuántas veces he escrito, dicho y manifestado que la policía canaria me parece un gasto inútil. Pero no en mayor medida que la policía autónoma vasca, o los llamados mozos de escuadra en Cataluña. Me permitirán ustedes, eso sí, que escriba el nombre de esa región en castellano y no en catalán, mal que le pese a mis antepasados. Conozco a un memo que se pirra, vamos, es que se muere de gusto, por poner Catalunya. Considera el no citado sujeto -otro mentiroso compulsivo- que Cataluña es una nación y el País Vasco, bueno, pues también, aunque sin las locuras del referéndum y esas cosas; pero Canarias, no. En definitiva, y ahondando en lo que comentaba hace un par de días, una Constitución, la española, que proclama con el pecho hinchado y el gesto sublime la igualdad de todos los ciudadanos, admite la existencia de comunidades históricas con amplias competencias -Chaves, Montilla e Ibarreche pueden disolver sus parlamentos y convocar elecciones cuando les plazca; Paulino Rivero, no-, y otras de segunda categoría.
Huelga añadir que esas tres comunidades históricas tienen vigentes desde hace tiempo sus renovados estatutos. De nuevo, Canarias no. Y por una simple razón: Juanfer López Aguilar sigue enfadado porque no pudo ser presidente vernáculo. Motivo más que suficiente para que en La Moncloa abunde el talante -además del buen rollito progre- cuando Ibarreche le hace el favor a la nación española de visitar Madrid, mientras, en la misma línea de contentar al Terminator en su afán de venganza, Zapatero sigue sin disponer de un minuto en su agenda para recibir al presidente del Gobierno de Canarias.
De nada vale que esta comunidad sea una de las más castigadas por el paro, consecuencia de una crisis económica que el hombre de la sonrisa y su autosuficiente ministro de Economía negaban antes de las elecciones. Como ahora ya no puede esconder la realidad, ha optado Zapatero por esconderse él mismo en La Moncloa. Lo cual demuestra que no es un pacifista, como presume, sino un cobarde político que se refugia en sus fronteras porque cada vez que sale al extranjero lo tratan como lo que es en el escenario internacional: un cero a la izquierda.
Establecido este orden de cosas, nada debería extrañarnos que Carolina Darias, delegada del Gobierno en Canarias tras la ignominiosa patada en el trasero a Salvador García, manifieste, sin morderse la lengua, que la policía autonómica será un obstáculo entre el Gobierno central y el Ejecutivo canario. ¿Otro más? Bueno, entonces ya que nos bombardeen.
Me pregunto, no niego que con bastante ingenuidad, si los mozos catalanes o esos señores uniformados de rojo y tocados con chapela también colorada son, asimismo, un obstáculo en ese citado buen rollito entre el Gobierno central y la Generalidad, o entre Madrid y Vitoria. Más bien, no. Nadie con al menos la lógica de un macaco razonaría de esta forma; ni siquiera la delegada del Gobierno. Bien es verdad que a la señora Darias, gregaria política del Terminator, no la han puesto ahí para pensar, sino para que haga y diga lo que le ordenan desde la capital. A Pepe Segura, su antecesor, lo abroncaba Fernández de la Vogue cada vez que sacaba los pies de la maceta, pero seguía haciendo lo que le parecía oportuno para Canarias, no lo que le dictaban.
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