1.- Entre espigas, varas y cintas de colores, la Villa celebra sus fiestas patronales. San Isidro y Santa María de la Cabeza alzan sus figuras menudas sobre sus peanas, mientras los magos planchan sus justillos y lustran las polainas antes de engrosar el paseo romero. Osman , el artista egipcio de la luz y las palomas, expone paisajes antiguos y romerías en el Liceo de Taoro. Qué maravilla ver colgados de las paredes del palacio de doña Catalina Monteverde lienzos que dan fe de las cúpulas del Valle, de las torres de sus viejas iglesias y hasta de la calma decimonónica de un Puerto de la Cruz que no es el mismo; óleos tintados por reflejos de un sol que ha huido hasta los confines de Las Aguas; pinceladas certeras que resucitan pescadores del pasado; balcones de avistamiento y arquitectura derruida por los especuladores. Y alguna paloma muerta por las balas crueles de quienes destruyen cualquier atisbo de vida.
2.- Qué magnífica exposición del artista egipcio, enamorado de esta Isla y de esta Villa, que es capaz de sacar pensamientos a las palmeras de la plaza del Ayuntamiento; las palmeras le han contado al pintor decenios y decenios de alfombras multicolores, porque cada año se doblan sobre el tapiz y la Custodia, rindiéndoles homenaje. Cada paloma es un signo de libertad y, yo lo sé, un recuerdo, un sufrimiento. Osman es un hombre amable, que habla despacio y pinta despacio; un hombre bueno y sabio. Un hombre prendado de las frondas del Valle, que se arremolinan a los pies del Teide gigante, también magistralmente reflejado en los lienzos del pintor.
3.- Romería y Octava del Corpus orotavense, fervor de campo y folclore; aires de campanarios; cauces de barrancos urbanos que el pintor ha seguido como en piragua, metiéndose por su vegetación impredecible, sorteando nacientes y cañaverales. Osman me ha traído la alegría del pasado, sobre todo en sus incursiones por la portuense y vieja plaza del Charco, la calle de las Tiendas, el muelle y la torre de la iglesia de la Peña de Francia. Qué hermosa exposición la del Liceo de Taoro, máquina del tiempo que me ha lanzado suavemente hacia los años de mi juventud, desde la romería de San Isidro al mar, en una extraña conjunción de intereses románticos. Gracias, amigo, por brindarnos esta muestra de arte isleño tan sensible, aun habiendo nacido en El Cairo, una ciudad que conozco y que también me cautivó, desde los años en que la visité junto a mi amigo Ramesh T . Bharwani , a quien envío un abrazo.
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