SIN NADA QUE LO JUSTIFIQUE, el mundo pareció conmovido al atardecer del miércoles cuando el gobierno israelí confirmó que había una seria negociación con Siria con mediación de Turquía.
Cualquier habitual de Internet sabía que un mediador turco -eso sí, de calidad: Ahmet Davutoglu, el Kissinger turco- iba y venía entre las partes y que funcionarios de ambos lados, en habitaciones separadas, intercambiaban papeles en un hotel de Turquía. De hecho, algunos medios, como el acreditado Haaretz, parecían incluso desinteresados del goteo de noticias y la falta de concreción.
Así pues, la novedad es la oficialización del contacto, decisión tomada por el primer ministro israelí, Ehud Olmert, quien, previsoramente, había descrito la búsqueda de la paz con Siria como un deber nacional y, de paso, en medio de sus dificultades judiciales y políticas, dar la impresión de un jefe diligente al timón del Estado.
Las cosas, se dice también, han vuelto a donde estaban en 2000 cuando una negociación apadrinada por Bill Clinton y mantenida en la ciudad de Sepherstown (Virgina Occidental) pareció muy cerca de un arreglo. De hecho, estuvo a unos cientos de metros del acuerdo pero eran los que faltaban para acceder sin restricción alguna a la orilla siria del Lago de Tiberíades. Y los sirios no transigieron.
El derecho está de su lado y los israelíes lo saben: los altos del Golán deben ser devueltos a soberanía siria sin regateo territorial, entonces como hoy. Pero hay algunas diferencias que hacen que esta fase sea muy diferente de aquélla. Y la principal es el renovado contexto geoestratégico regional: Siria es un aliado sólido del Irán y un protector exitoso del Hezbolá libanés y el Hamás palestino. A todo esto, y no a unos metros cuadrados de ribera de un pequeño mar interior- debe renunciar ahora.
¿Lo hará? Los primeros indicios son que no. Damasco ha hecho saber que todo vuelve a los parámetros negociadores de entonces: paz contra territorio como en Palestina. Damasco no va a exigir a Israel que rompa su alianza con los Estados Unidos y no acepta que se condicione su política exterior y de seguridad. Queda mucho, pues, por hablar y el pseudogolpe de efecto del anuncio pasará en seguida para dar paso a la dura realidad y a la constatación de que ocho años después de Sheperstown todo es distinto.
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