SON LOS EJECUTORES del más de la calle, arte urbano. La expresión personificada de la sociedad, en guerra consigo misma y dispuesta a competir hasta límites desconocidos. Los interpretadores de los reflejos coloridos de la ciudad. La sensibilidad gratuita, puesta al servicio de los ciudadanos en un muro, un bloque, una vía, una manzana, una carretera o un barrio. La expresión cualificada, en interiorización virtuosa, de la metrópoli.
¿Parece que exagero de coña?, por la rimbombancia, pero no. Hay que reconocer a verdaderos artistas o proyectos de genios, inmersos, con su actividad, en esta ocupación. Vi en la tele a tres tipos en un concurso, "Tú sí que vales", desarrollando, en unos muy pocos minutos, un panel a base de sprays, con una macroabeja saliendo de un panal. Impresionante. Realmente es inspiración, maestría, facultad y oficio. ¡Chapó!
Ahora bien, un graffitero debe tener mucho cuidado con la elección del lienzo. No puede ser donde tranque y ¡pumba! ¡Hala!, en la puerta de tu casa, hago un higo pasa. El innovador debe proceder de manera seria, correcta y un poquito cautelosa de las consecuencias indeseadas para otros. Contar con autorización. Elegir responsablemente la pared, lugar o ubicación, en un sitio que no perjudique o empantane un paisaje, o fastidie un entorno natural, o destroce el mobiliario público, como en el tranvía (el otro día cogieron a uno). Es su completa responsabilidad no producir sufrimientos estéticos o artísticos a los vecinos, aunque ya reconozco de antemano e inmediatamente que esto es y será siempre discutible, porque gustos hay tantos como personas. En general, vuelvo a repetir, que tenemos que entender que se trata de un fenómeno de expresión vanguardista que cuenta con verdaderos especialistas y reconocibles expresionistas, capaces de conseguir plasticidades asombrosas en escaso tiempo y con reducidos medios. La incomprensión de grupos de observadores puede producirse para otras múltiples facetas del arte de innovación. Recuerdo una lucida escultura con un rabo de toro terminado en capullo, chiquitito, de hierro, pintado en rojo, sobre una estructura esponjosa blanca y enorme, formando un bulbo, que se titulaba "Corrida" La mente del creador en esta ocasión era sencilla de adivinar, pero no todo el mundo la asimilaba. La gente que cataba el panel, en su mayoría, tornaba a cara de compromiso o sonreía. Es así, "avanzadillas de modernidad" "pura vanguardia", que no siempre son del agrado general.
La cuestión, como todo, es hacer las cosas bien o mal. Mear por dentro y o por fuera. Les comento, donde (como) según yo, me puede parecer bien su arte del graffiti y donde (como), escandalosamente horrible.
Es aceptable, digno, incluso debatiblemente bonito, en una valla, en un muro, en un borde desangelado, en una pantalla de quita y pon, en un lugar reciclable, etc. Ya me entienden.
Es una verdadera aberración en el escaparate de una tienda (por ejemplo, en S/C. lo han hecho en Corte Insular, René...). Es de niñatos y gamberros. Degrada su actividad artística y produce inconvenientes injustificables, comerciales y económicos, en este caso al establecimiento. Lo mismo que en la entrada, de mármol, de una comunidad de propietarios, o de un centro de deportes, o en la marquesina de la plaza. Es lamentable que personas envueltas en la bandera "del graffiti" ensucien todo tipo de superficies nobles con paridas y garabatos deformes. Con desprecio a sus vecinos y su ciudad. Muchos incluyen mensajes escabrosos y de mal gusto -hoy mismo, desde hace tiempo, en el cruce de Taco, en un muro, lo pueden sufrir enfrente de la arepera: "Estimúlame el clítoris", remata un membrillo-. En su mayoría, los inconscientes son, presuntamente, jóvenes inmaduros metidos a pintamonas, pero que jueguen con otra cosita y pinten, si quieren, en su casita. En entornos naturales, "los graffitis" son todavía más despreciables, porque encima de que lo hacen "los malos" (los buenos nunca pincharían un volcán con una horterada), se deterioran y oxidan las amalgamas. Con los meses se convierten en indescriptibles. Vi en un reportaje a un tío que, en contra de la opinión mayoritaria del pueblo en el que residía, pintó una montaña de azul y se jactaba de ello. Piedra a piedra, un disparate de libro, de Mortadelo y Filemón. Decía el elemento que el terreno era suyo. ¿A ver si pa'fastidiarnos el ojo pintan Los Campitos de rojo o azulito? El valor de un paisaje no puede ser condicionado, por el gusto o capricho, pasajero de una moda o de un señor armado de botes con dispensador.
infburg@yahoo.es
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD