1.- Cuando uno escribe, y lo hace con cierto éxito de público, no ve los rostros de los destinatarios del artículo. La mejor estadística sobre lo que a uno lo leen la aporta la Internet, que es un barómetro diario e inexorable. No saben los lectores que esta profesión hace añicos las relaciones personales e incluso las familiares y provoca, en tantas ocasiones, que por el hecho de haber logrado sacar tajada legítima de la profesión te califiquen de gángster. Esta ha sido la expresión que ha usado una querida amiga mía para referirse a mi trayectoria, sin poner en su propia boca la especie, sino atribuyéndola a terceros; y sin que por medio llegara la más mínima prueba para sustentarla, ni siquiera en aproximación. Para ustedes es realmente cómodo leer el artículo y para mí ciertamente incómodo ser catalogado así, sin pruebas, sólo con la injusta rotundidad de una sospecha aplicada a machacar mi fama como profesional de esto que es escribir en los periódicos.
2.- Por otra parte, encuestas que he leído recientemente califican a la prensa de España como corrupta y parcial. Ahí es nada. Con relación a mí, ya le expliqué a mi amiga, en persona, que no soy un gángster y que es posible que en esta profesión de robaperas el hecho de haber llegado a algo, de haber ganado dinero con mi trabajo y de haber triunfado en mi ámbito lleve a algunos a vituperarme, a insultarme y a calificarme como tal. No existe un seguro contra la injuria y contra la calumnia, sobre todo para quienes vivimos en el umbral de sus imprecisas fronteras. Y, al fin y al cabo, la envidia ha sido y es en este país el deporte nacional.
3.- En ocasiones traigo a esta columna, que es un tubo de escape personal y social, reflexiones muy íntimas sobre el periodismo y sobre su ejercicio. Mi amiga, que es inteligente y que analiza mucho a las personas, albergó de nuevo la duda tras mi explicación. Le confesé que el vivido con ella fue un rato muy interesante y alienante para mí. Explicar lo que uno hace cada día, o por qué lo hace, es a veces imposible. Porque en esta profesión existen cosas que no tienen explicación. En todo caso, los escribidores nos equivocamos, sufrimos los momentos tristes o amargos que se reflejan en lo que creamos y estamos más expuestos a la crítica que la gente a la que criticamos. Ni siquiera debemos mantener siempre la misma opinión (aunque nos llamen chaqueteros), porque el mundo cambia. ¿Por qué no íbamos a cambiar de opinión los periodistas? La respuesta está en el viento.
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