UN TOMATE
bien maduro, aceite de oliva y sal/Un vaso de agua fresca y una buena sombra/Un bocadillo de caballa a las cinco de la mañana en el muelle del Puerto de la Cruz/Una cama limpia después de tres noches a la intemperie/Un plato de puchero, bien caliente, Invierno en las Cañadas/Una puesta de sol en la Punta de Teno, una tarde solitaria/La majestuosa luna llena de septiembre y su estela sobre la mar, desde San Pedro/La posibilidad temporal de disfrutar de la soledad/Oír el silencio, pico del Teide, viendo las estrellas. Hay dos momentos que han quedado grabados en mi mente. El primero, recuerdo yo que era muy pequeño, mis padres tenían un terreno en Tegueste bendecido de la mano de Dios -decía una anciana-, donde crecía de todo. Nos levantábamos de madrugada para llegar al alba a la finca, una aventura; al paso por Valle de Guerra, mi tío compraba unos panes recién hechos, no recuerdo el nombre ni el sitio donde los hacían, pero sí el aroma que desprendían y lo rico que estaban. El otro, en la pista que va de la zona recreativa Chanajiga hacia la Corona, donde trabajé un verano con ICONA en el monte, para ganar un dinero. Día gris y lluvioso, tras el paso de la pala abriendo el camino, el barro; la niebla y los árboles caídos mostraban un tenebroso paisaje. En un recoveco, un hombre torraba unas papas: su olor reconfortaba el alma. Las acompañaban un cherne salado con mojo de pimienta verde y vino blanco de la Piñera, con incesante chispear y el olor a leña, olor que creo tenemos tan unido a nosotros como un gen más que nos recuerda nuestros cavernícolas orígenes. Estos recuerdos siempre me han acompañado y los he considerado siempre un lujo. Me encanta viajar en moto, lo hago todos los años a través de la Península y siempre me he considerado un afortunado por esto. Rodar hacia donde el sol se pone, sintiendo el aire en el rostro, percibiendo los olores del camino, en completa libertad, sin importarme dónde, en qué momento o lugar voy a parar o a comer. Cuando quiero ir de un sitio a otro, cojo el coche, el barco o el avión, pero cuando quiero experimentar sensaciones cojo mi Harley y viajo sin destino, el lujo es relativo. Curiosamente, la gente que se mueve al margen de las directrices que dicta la sociedad son al final las que destacan y marcan tendencias, mantener el purismo es lo más difícil; eso sí, siempre hay un espabilado que se aprovecha de esto y lo presenta como el nuevo rumbo. Vivimos en una sociedad donde debido al crecimiento económico el lujo, entendido como muestra de poderío económico, es más asequible a nivel general y, por lo tanto, ha perdido interés. Le pasó al salmón: de ser un producto de alto "standing", una vez que aterrizó en los supermercados, se hizo popular y perdió todo su caché.