EL PARTIDO Popular atraviesa horas difíciles. No se trata ya del análisis de los resultados de las últimas elecciones generales, cuya lectura final, con todas las atenuantes que se quieran, no puede ser otra que una derrota en toda regla. Tampoco se trata de una mera cuestión de liderazgo, que puede ser algo coyuntural. Todo indica que está ocurriendo algo mucho más grave.
Esperanza Aguirre, después de crearle serios problemas a Mariano Rajoy en plena campaña electoral por su eterno enfrentamiento con Gallardón, no ceja en su empeño de intentar una reforma de los estatutos del partido para que se produzcan unas primarias en las que el candidato para el 2012 sea elegido por los militantes, anulando además todo el blindaje que supone la recogida de más de medio millar de avales, la mayoría de ellos controlados por el aparato del partido.
El problema de Gallardón es que Esperanza Aguirre domina y manda férreamente el partido en Madrid. Sin embargo, Gallardón, por su especial forma de ser, es más querido fuera que dentro del partido. En esta lucha Aguirre está dispuesta a llevarse por delante al alcalde madrileño. Veremos lo que ocurre, porque los últimos rumores apuntan a que Rajoy puede nombrar secretario general a Gallardón o, quizás también, cabeza de lista en las elecciones europeas.
Así las cosas, y al margen ya de las luchas personales por el poder, irrumpe en esta especie de suicidio colectivo que está padeciendo el PP María San Gil. La posición de la presidenta del PP vasco, una auténtica heroína en toda España, ha caído como una bomba a los pies de Rajoy. San Gil no quiere poder, no quiere nada para ella. Al parecer, el contenido esencial de su ponencia política ha sido respetado. La cuestión es mucho más seria y grave, porque lo que San Gil plantea es una pérdida de confianza en Mariano Rajoy. Y la confianza es muy difícil de recuperar en política cuando se pierde, al margen de que siempre está basada en la reciprocidad. Ya no se trata sólo de que San Gil recupere su confianza en Rajoy, sino también de que el PP vasco, que ha disentido y reprochado a San Gil las formas y el fondo de su actuación, recupere su confianza en ella.
A mi juicio, el próximo Congreso del PP, y al margen de la conveniencia de un debate ideológico que siempre va implícito y es cosustancial a toda cita congresual, en lo que debe centrarse es precisamente en la mejora y perfeccionamiento de las ofertas concretas en los programas electorales. Sería un error debatir nuevamente principios y fundamentos que han sido asumidos y respaldados como nunca por millones de españoles. Y naturalmente cambiar tácticas y estrategias que, como es natural, no deben hacerse públicas.
Mi admirado amigo, profesor y diplomático, Carlos Robles Piquer, cuñado de Manuel Fraga y una de las cabezas más lúcidas que he conocido, escribía hace unos días un artículo de opinión sobre el "pensamiento popular", y en el que señalaba los rasgos distintivos del PP que lo separan clara y nítidamente de sus adversarios. El primero es que el PP es una fuerza política liberal. Es también un partido conservador, porque custodia valores insertos en la sociedad y capaces de cohesionarla, tales como las creencias religiosas, el respeto a la propiedad privada, el amor a la patria y la valoración de la familia como fundamento de cualquier sociedad. En tercer lugar, es el PP una fuerza política no confesional pero que acepta de corazón la realidad de la sustancia cristiana de España. La mayoría de los miembros del PP son fieles a esa fe y suelen llevar su vida concorde con sus creencias.
Otro dato importante es el sentido social. En el PP y sus homólogos europeos, la voluntad de justicia conduce necesariamente a la protección del débil. En una sociedad ya desarrollada como la nuestra, partidos como el PP son la opción preferida de las muy extensas clases medias. Por último, el PP cree en la unidad esencial de España y en la necesidad de un Estado que no quede reducido a un esqueleto sin facultades, como viene ocurriendo desde hace cuatro años con la educación, sanidad, seguridad, etc. En esto último coincide plenamente con Rosa Díaz.
Como he dicho, estos valores y principios pueden perfeccionarse en las ofertas electorales, pero no modificarse ni discutirse otra vez sus fundamentos. El éxito del Congreso Nacional del PP no será si Rajoy sigue o no, si será o no en el 2012 el candidato. Eso es lo de menos. El éxito será mantener firmemente la unidad del partido en torno a los principios, valores y pensamiento popular.
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