ERAN UNAS TARDES claras, soleadas, con un cielo azul brillante, intenso, nada parecido a ese que llaman "azul velazqueño" y que define al cielo madrileño al que me asomo ahora cada día. Era un azul limpio, sin una nube y que se fusionaba allá lejos, en el horizonte, con un mar también azul aunque inquieto y oscilante frente a la inmovilidad celeste. Calculo que sería en verano, antes de subir por un par de meses a La Laguna, porque eso de llegarme a la azotea de mi casa es algo que era imposible de hacer durante el curso, ya que en aquellos felices años de la infancia y juventud había clase hasta los sábados por la tarde. Igualito que ahora, donde a los pobres chicos, eso sí, los inundan de deberes para hacer en casa, y a los que han de echarle una o dos manos los padres, que empiezan de nuevo a aprender hasta gramática. Pero entonces, no. Todos los días en aquel final de los años 20 y comienzo de los 30, excepto quizás los jueves por la tarde, había colegio, y los deberes los hacía uno solo porque los padres corrientemente no estaban en casa por las tardes a la vuelta del colegio y quedábamos al cuidado de las "muchachas", los que las tenían, claro.
La terraza de mi casa del barrio de Salamanca, cerca de la Rambla, de dos pisos, pegada a la de mis tíos Juan Vicente y Adela, era muy poco visitada por los niños, y allí se encontraba la pila de lavar la ropa menuda, que la de cama se lavaba fuera por unas lavanderas que venían creo que una vez a la semana, y también había allá arriba un tendejón de madera y techo de uralita, donde mi padre tenía una especie de taller de fotografía en el que revelaba las fotos que hacía y a la que era gran aficionado, "laboratorio" que terminó en buhardilla; y a ese nivel estaba el cuarto de las muchachas, con lo que el techo de esa habitación era una segunda terraza a la que se ascendía por una escalera de madera que enlazaba ambas terrazas. El piso de esa terraza de baldosas rojas era común para ambas casas y allá me encaramaba yo en las tardes a ver el revolotear de bandadas de palomas.
Ignoro totalmente la frecuencia de estos vuelos de conjunto, en lo que coincidían las bandadas de diversos palomares del barrio, con lo que el cielo presentaba un aspecto la mar de movido y alegre y daba gloria ver cómo se entrecruzaban las bandadas, aunque la falta de perspectiva hacía a veces pensar en que iban a estrellarse unas contra otras, lo que obviamente nunca ocurrió. Gran cantidad de casas del barrio tenían sus palomares en la terraza, como otras muchas tenían gallinas, y de madrugada se oía el canto de los gallos, unos cercanos, otros lejanos que parecía que entonaban un diálogo unos con otros. Porque eso de las palomas era una gran afición de entonces, como lo eran las peleas de gallos y las luchadas. Así como estas últimas han adquirido una relevancia grande como deporte canario en el conjunto de aquellos que se practican en nuestra tierra, las peleas de gallos han desaparecido y en cuanto a las palomas y sus palomares ignoro en qué situación están. Y viene esto a cuento por una noticia de hace unos días por la que se nos informaba que la Sección Colombófila del Ejército había dejado de existir después de siglo y medio de existencia y que en Pozuelo de Alarcón, donde tiene su base el Regimiento de Transmisiones numero 22, se había materializado esta defunción con el último servicio prestado, que fue la suelta de las 300 palomas mensajeras por los últimos cinco integrantes del servicio ya extinguido, las que emprendieron su último vuelo militar hasta el palomar militar del Pardo, de donde serían entregados a la Federación Colombófila Española.
Terminaba así para nosotros, aunque no para otros al parecer más atrasados países, una larga y amplia historia de servicios prestados a la patria siendo especialmente digno de recordar el caso del célebre Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Andújar, Jaén, donde un servicio de palomas mensajeras hizo posible que el Santuario, en el que se refugiaron durante la Guerra Civil 200 guardias civiles al mando del heroico capitán Cortés, sus familias y mas de 1.000 personas resistieran durante 256 días el asedio y bombardeo de las fuerzas republicanas debido a la información que, a través de palomas mensajeras que conectaban periódicamente el santuario con el Gobierno Militar de Córdoba, hizo posible el comunicar a las fuerzas sitiadas la llegada por avión de alimentos gracias al también legendario capitán Carlos Haya. Especialmente emotiva fue la acción de la paloma nº 46.415, que, herida en vuelo, aún tuvo alientos para llegar con vida a entregar su mensaje y morir seguidamente, acción que se conmemora con la conservación de su cuerpo disecado, que se encuentra en el Ministerio del Ejército. No sé en España, pero en los países de habla inglesa existe la condecoración "Valiant" destinada a premiar aquellos actos ejemplares llevados a cabo por animales, como es el caso del santuario, y así la Medalla Dickin, equivalente a la Cruz Victoria, fue concedida a una paloma mensajera por su intervención en el desembarco e invasión de Normandía en la 2ª Guerra Mundial.
Para mí, este de las palomas mensajeras tiene también un particular significado como tinerfeño y canario, y recuerdo bien aquellas sueltas de palomas que se hacían por aficionados de Canarias desde me parece que Cabo Juby y con llegada a sus palomares de origen, algunos esos mismos de los que salían y a los que volvían las bandadas que revoloteaban por encima de mi casa en el cielo santacrucero de hace 75 años. ¿Seguimos los chicharreros con esta tan noble afición que nada tiene que ver con los miles de palomas que infectan nuestra ciudad? Espero que sí, y al menos he visto que la Real Sociedad Colombófila, que tenía su sede en el barrio de Salamanca, allí sigue, aunque me temo que no en el mismo lugar en que yo la conocí, cerquita de mi Rambla XI de Febrero.
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