No creo que los parlamentarios autonómicos de Canarias tengan demasiado en cuenta la petición que les ha hecho Miguel Cabrera Pérez-Camacho, también diputado regional, para que no visiten Cuba de forma oficial en junio de este año. Argumenta este político del PP que dicho viaje, además de ser vergonzoso, no pasará a la historia como una de las ocurrencias más ilustres de la citada Cámara legislativa.
Bueno, ¿y qué se puede añadir a esto? Ante todo, que conviene distinguir siempre entre los pueblos y sus gobiernos. Incluso en el caso de que dichos gobiernos hayan sido elegidos democráticamente, lo cual no es el caso de Cuba, su manera de actuar o su postura ante determinados asuntos puede ser muy diferente a la opinión y el sentir popular. Una verdad que convierte en injustas las sanciones económicas que se adoptan contra un régimen. Los bloqueos, los embargos o cualquier medida de este tipo no perjudican a los dirigentes, sino al pueblo que las sufre. A los regentes rara vez les faltará el diario plato de comida en su mesa; a los ciudadanos humildes, sí.
Si existen motivos para sancionar a un determinado gobierno, el camino adecuado es aislar a sus miembros. En el caso que nos ocupa, no recibir a Fidel Castro en ningún foro internacional. Bien es verdad que el caduco dictador no está en condiciones, actualmente, para que lo reciban en lugar alguno. Pero a su hermano sí. Y también a los ministros de esta perpetuación, todavía un tanto indecisa, del castrismo encabezada por Raúl. Apreciación que hago extensiva, sin recorte alguno, a los miembros de esa burla para las instituciones auténticamente democráticas que es el Parlamento cubano. Atender las necesidades del pueblo entrañable, de los descendientes de los canarios que emigraron a Cuba -canarios emigrantes nacidos en las islas quedan pocos en la Gran Antilla- es, además de un deber moral, una obligación histórica. Recibir con alfombra roja y guardia de honor a un sátrapa de la nomenclatura caribeña cuando decide visitarnos no supone, en cambio, ningún gesto digno; es un insulto a los cubanos que aspiran a tener instituciones democráticas como todos los países de América.
Estoy convencido de que la democracia sólo funciona cuando la ciudadanía que ha de elegir libremente a unos dirigentes, los suyos propios, posee un mínimo nivel de formación cívica. En este sentido, el ejemplo español es muy lamentable. Entre nosotros nos guiamos por criterios de marujas -y marujos, que no se me olvide- dignos de los tiempos de Isabel II, cuando la reina llamaba a su camarera para que le echara las cartas antes de adoptar una importante decisión de Estado. El esperpento no ha muerto. Pero no es esta la característica, ni muchísimo menos, del pueblo cubano. Un pueblo formado por ciudadanos con los que uno puede hablar de cualquier tema, en cualquier momento y en todo lugar; lo mismo en un banco del Paseo del Prado que en la plaza del más recóndito pueblo del interior. Personas que saben de literatura, de historia, de política y hasta de ciencia. Personas, en definitiva, con criterios para percibir a primera vista lo que quieren en cada momento. Y lo que quieren no es seguir con una dictadura que los sumió en la miseria al comienzo de los sesenta -la década prodigiosa para el mundo libre-, y los ha mantenido pobres desde entonces.
Pese a este escenario, estoy seguro de que nuestros parlamentarios vernáculos irán a Cuba en junio. A los políticos les gusta más un viaje que a un bobo una tiza. Especialmente cuando no lo pagan de su bolsillo, a pesar de haberse subido el sueldo. Eso sí, deberían aprovechar la correría para visitar a esos centenares de presos políticos que les ha recordado Pérez-Camacho, aunque lo dudo. A Cuba no se va a ver miserias, sino a sacar partido de las miserias ajenas.
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