AUNQUE uno no cree en brujas, adivinos o supercherías, ni que la vida está escrita en la rayas de la mano ni depende del acercamiento y alejamiento de los astros del cielo, por simple curiosidad y no menos entretenimiento, todos los días lee el destino que le anuncia el horóscopo. Resulta divertido porque casi siempre augura cosas imposibles, cosas que por las circunstancias y el momento no pueden ocurrir. Así, hace unos domingos leí que ese día, aunque gozaría de excelente salud y no iría mal del todo en asuntos sentimentales, sufriría un grave revés en mi vida, y, al parecer, por lo escueto de la sentencia, con pérdidas irreparables. Con todas las fuerzas y veracidad que transmiten los astros tendría que soportar sobre mi endeble cuerpo y mi alicaída alma una gran desgracia, nada menos que una gran derrota. No especificaba si era de orden material o espiritual, ni la cuantía de la misma, pero aseguraba, sin temor a equivocarse, que era infligida por mis adversarios.
Lo de la desgracia no me extrañó porque en esos días leía una novela que con ese título escribió Goetzee. Una interesante novela sobre un profesor universitario que soporta una desgracia sin oponerse ni dar explicaciones. Una desgracia producida por el dios que domina el instinto menos dominable de todos los instintos. Al final, el pobre profesor tiene que adaptarse a una vida casi salvaje. La desgracia estaba en la novela, pero los adversarios estaban por ver. Y, repasando el trayecto de los años recorridos, encontré algunos adversarios en los años lejanos, pero, después de un repaso hecho a fondo, hasta el fondo de la memoria, desde los viejos archivos hasta los últimos tiempos, no encuentro adversarios en los últimos años. Uno ya no está para adversarios, bastante adversarios tiene con las canas, las arrugas y otras malas artes de los muchos años.
A un general golpista español, cuando estaba a punto de morir, después de exponer, con todo el arrepentimiento de la agonía, todos sus pecados, cuando llegó el momento de los perdones, el sacerdote le recordó que debía perdonar a sus enemigos. A lo que contestó el moribundo militar que no había perdón para los enemigos, sencillamente, porque no tenía enemigos, los había matado a todos. Sin llegar al grado de enemigos, porque los adversarios no son enemigos -se diferencian en la escala de las intenciones agresivas-, uno piensa que cuando se alcanzan los años numerosos, sin llegar a los últimos suspiros del general, ya no tiene enemigos, ni siquiera adversarios.
En los primeros años, en los juegos de la infancia, los adversarios disputaban corriendo la llegada a la meta, pateando una pelota de trapo o saltando a la piola o con los boliches. En la escuela había profesores que ponían a sus alumnos en una fila en la que había que ganar, en fuerte disputa, los primeros puestos contestando todo lo que preguntaban. El sistema de notas y recompensas generaba adversarios. Luego, aparecieron otros adversarios, los que intentaban dominar la calle. Los que tenían mejores condiciones para los deportes. Los que se diputaban los primeros amores. Los que tenían mejores medios de vida.
Y según fueron surgiendo objetivos fueron saliendo adversarios. Gente que disputaba el mismo objetivo. Los cursos de bachillerato y la reválida generaron un buen número de rivales, rivales para alcanzar las mejores notas. Los estudios superiores, especialmente cuando existían becas de por medio, obligaban a la aparición y proliferación de adversarios. Una lucha sorda que se resolvía en un despacho con los expedientes académicos sobre la mesa. La meta reservada para las escasas matrículas de honor era un buen campo de rivalidad. En el servicio militar, otro empeño por conseguir un buen puesto. En el fácil juego de las cartas, simplemente por ganar, había adversarios, los verdaderos adversarios, que se tomaban el juego como algo intranscendente. Para otros, les iba poco menos que la vida. Con los ojos enrojecidos y la cara atomatada, las manos temblorosas y el alma encogida, ponían todos los sentidos al servicio de un simple juego. Algunos, personas bondadosas y honradas, cuando llegan al juego, recurrían a las más descaradas trampas.
Las oposiciones, los ascensos profesionales y la estabilidad profesional se rodearon de adversarios. El escalafón profesional y la consideración social también fueron fuentes de adversarios. Gente que a empujones buscaba el mismo objetivo. Cuando la lucha se encarnecía, entonces, algunos adversarios alcanzaban los galones de enemigos y otros, los ruines, se equipaban de armas canallas. El adversario lucha sin dañar, sólo por desplazar, por conseguir lo que uno quiere y él también quiere. Está en su legítimo derecho. El enemigo lucha por lo mismo pero está dispuesto a dañar, a difamar y a todas las malas artes posibles. El canalla daña sin beneficio para él.
Hace tiempo que los canallas están fuera del campo de la conciencia, ni siquiera queda el evanescente rastro de los enemigos. Quizá, porque la comprensión es un sentimiento que crece con los años, y hace tiempo que uno despoja de todo mal a los que se empecinaron en luchas sin sentido. Y como el viejo general no tiene que perdonarlos, no porque los haya matado, sino porque ha matado de un pistoletazo de misericordia todos los malos recuerdos.
Y cuando ya había terminado el recuento de adversarios, enemigos y canallas y no pude registrar ni uno, convencido de que mi horóscopo había fallado una vez más, por la radio la voz de un cronista deportivo vino a confirmar que los astros no se equivocan, que el horóscopo nunca falla, que sólo hay que ahondar en todo lo que acontece, que la vida está llena de vericuetos de difícil interpretación. Y, por fin, casi al término del día señalado, se confirmó la gran desgracia producida por las adversarios: el Santander le ganó al Murcia y el Sevilla al Valladolid. Los adversarios impidieron que el Atlético de Madrid consiguiera la diferencia de puntos que le asegurara definitivamente ese domingo el cuarto puesto de la liga de fútbol. No me digan que los astros no aciertan.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD