Siguiendo con nuestras reflexiones poselectorales, que a su vez se van complicando por acontecimientos, aparentemente inéditos, que afectan a socialistas y populares, ha comenzado a reverdecer de nuevo el tema religioso. Precisamente, llama la atención, como ha pasado con otras cuestiones, como las de economía, aparcadas de toda la campaña electoral. Anteriormente, sí que había sido usado "lo religioso" como una cortina de humo, muy bien orquestada, a pretexto de la concentración de familias cristianas en la plaza de Colón, de Madrid. Con los efectos diplomáticos, críticas a cardenales intervinientes y amenazas de rupturas, revisiones de los acuerdos con la Santa Sede y el escenario de un embajador que había sentido "urticaria" en su Alcaldía de La Coruña, ante el Estatuto de Cataluña, como Mingote pudo reflejar en un buen chiste.
El título de este comentario está traído, poselectoralmente, de unas declaraciones, en abril pasado, del cardenal arzobispo de Valencia, monseñor García Gasco, después de reflejar el reto para la sociedad española, ante una emergencia educativa, la extensión del relativismo y el excepticismo moral. La frase completa es "sin libertad religiosa y de enseñanza, no hay democracia". Será otra cosa, digo yo.
Las limitaciones de los padres para elegir centro de enseñanza; la violación del principio de igualdad para optar por escuelas no nacionalistas o lingüísticamente imperativas, en varias comunidades autónomas, incluso de diferente "pelaje" ideológico; el empleo de determinadas ONG con subvenciones para ilustrar sobre lo gay y lo pornográfico y las prácticas lúdicas que no se pueden ni describir aquí, subvencionadas con mayor generosidad que a algunas reales academias, siguen mostrando, en definitiva, la carencia de un ecosistema moral. Tantos asesinatos, tanta violencia doméstica, tantos suicidios, no estadísticamente cronometrados, tanta rebeldía familiar, tanto botellón estimulado o consentido, tantos profesores lesionados?, nos revelan que la carencia de resortes morales, éticos y religiosos está forzando o erosionando instituciones como la familia, la escuela, la calle y hasta? los ejércitos. La tuerca se aprieta poco o poco, aplicando la hoja de ruta laicista, en manos de socialistas vaticanistas, o ex ministros de Educación o ex diputados. En algunos casos, con algo de negocio. Hasta se quiere tamizar la presencia de sacerdotes o religiosas en los hospitales para el buen morir. Y se quitan los crucifijos en las escuelas sin audiencia de padres y profesores.
Lo peor es que la patología religiosa se presenta como piedras o guijarros que, poco o poco, van adentrándose en la sociedad, sobre todo en las mentes de los niños y de las futuras familias. En noviembre se abrirá el X congreso Católicos y Vida Pública, de la Fundación San Pablo-Ceu, de Madrid. Y no faltarán iniciativas para relanzar lo que la fe, tradición y esencia de lo español constituyen una vitalidad religiosa. Precisamente, dentro de la pluralidad y de la Constitución. (No pienso ahora en la segunda transición, ni en la III República).
Fue un tema, soslayado en la campaña electoral, por ambas partes. Hubo mucha economía. O mucha teoría sobre la igualdad, la libertad y el progreso. Pero el verdadero progreso humano -sobre todo entre nosotros-, está especialmente en una calidad de vida democrática, la cual, sin una libertad religiosa y de enseñanza, a todas luces, desmerecerá. Aunque su merma o su inexistencia pueda suponer, por ignorancia o incultura, un semillero de votos. Pan para hoy y hambre para mañana. Porque, sin verdad, sin responsabilidad moral, pocos estímulos se crearán en la empresa, y en el trabajo, o en la función pública.
* Jurista. Académico
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