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Déjame que te lo cuente (I)

18/may/08 24:05
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DESPUÉS de casi tres horas de vuelo y procedente de Bruselas, el avión tomó tierra en el aeropuerto internacional de Malta -Luqa-, un aeropuerto pequeño pero acogedor. La noche había empezado a hacer honor a su nombre desde hacía ya un buen rato; las luces brillaban por todos lados como en una gran verbena. Lo pude comprobar a través de la ventanilla junto a mi asiento unos instantes antes del aterrizaje. Nada más abrirse las compuertas de la aeronave, el olor a salitre se coló por el pasillo central de aquella guagua voladora; esto último dejó claro que el mar no se encontraba muy lejos. A las 22:30 h entramos en la terminal aérea; los representantes de los touroperadores nos saludaron a todos los pasajeros diciendo "merthaba" -bienvenidos en maltés-, indicándonos al mismo tiempo a cuál de ellos teníamos que dirigirnos. Una vez seleccionados por hoteles, cada uno esperó su turno para subir a la furgoneta correspondiente. A la media hora de estar allí, el grupo del que formaba parte le tocó acomodarse dentro del vehículo, al que yo más tarde le puse el nombre de "bólido". El chófer, un señor maltés bien entrado en la cincuentena, colocó las maletas y mochilas en la parte posterior del pequeño transporte; luego, se puso al volante -que estaba situado a la derecha- y empezó a circular por la izquierda. Acto seguido, nos dijo: "Wellcome to Malta" -bienvenidos a Malta, en un inglés con acento isleño- y con estas palabras comenzó el rally; el hombre puso el pie en el acelerador y no lo levantó de éste sino cuando le fue absolutamente necesario. El freno, por lo visto, lo tenía de adorno, pues salvo para alguna que otra curva o para detenerse delante del hotel, no lo utilizó para más nada.

La señora holandesa que iba a mi lado, se pasó todo el trayecto agarrada a su cinturón de seguridad y con los ojos bien cerrados pensando en los tulipanes de su tierra, para no hacer otra cosa. El resto de los pasajeros nos mirábamos los unos a los otros; yo me aferré al brazo de mi marido y empecé a rezar el "Dios te salve, María". El conductor miraba de vez en cuando por el retrovisor con aires de "yo no fui", atendía la emisora de radio de la centralita y conducía como un correcaminos en busca de Speedy Gonzales; un verdadero malabarista, diría yo. Dentro de la furgoneta, aquello parecía una clase de catecismo; cada uno rezaba en su idioma y para sus adentros. Finalmente y rozando la media noche, llegamos al hotel sanos y salvos. La hospitalidad maltesa no se hizo de esperar; la dirección del hotel nos brindó un muy amable recibimiento y nos ofreció un cóctel delicioso en el salón. Entre el cansancio del viaje en aeroplano, los nervios a causa del rally y la fórmula del cóctel, una hora después no nos quedó más remedio que invocar a Morfeo -el dios del sueño- para que nos transportara hasta su reino y a dormir se ha dicho; esta vez a orillas del Mediterráneo.

Continuará...

victoriadorta@live.es

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