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ETA asesina a un guardia civil

Los terroristas hicieron estallar sin previo aviso una furgoneta con más de 100 kilos de explosivos frente a la casa cuartel de Legutiano (Álava). Otros cuatro agentes resultaron heridos y el acuartelamiento quedó casi destruido.
15/may/08 07:36
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COLPISA, Legutiano (Álava)

ETA intentó volar ayer el cuartel de la Guardia Civil en Legutiano (Álava) con todos sus agentes dentro. Sin previo aviso, hizo estallar en torno a las 03:00 horas una furgoneta cargada con unos cien kilos de explosivos. La deflagración sepultó al guardia Juan Manuel Piñuel Villalón, de 41 años, que perdió la vida bajo los escombros. Otros cuatro agentes (dos hombres y dos mujeres) resultaron heridos.

La onda expansiva del potente artefacto, cuyo estallido se oyó a más de tres kilómetros de distancia, destruyó casi la mitad del edificio, en el que en esos momentos dormían 29 personas, incluidos cinco niños. Sólo un milagro, aseguran los agentes que sobrevivieron al atentado, evitó que ETA reeditara matanzas como las de las casas-cuartel de Vic o Zaragoza.

Las tres de la madrugada de ayer sorprendieron a Piñuel Villalón, que a su muerte deja viuda y un huérfano, de guardia en un edificio de vigilancia anexo al cuartel. Destinado apenas hace dos meses en el País Vasco, su cometido era controlar las pantallas con imágenes del perímetro de las instalaciones militares de Legutiano, a 15 kilómetros de Vitoria.

Era la única persona despierta a esas horas en el cuartel, el único que pudo ver a través de las cámaras cómo unos desconocidos abandonaban a la carrera una furgoneta Citröen Berlingo de color rojo a escasos metros del cuartel, en el arcén de la carretera N-240 que pasa por delante del edificio. De inmediato llamó a la Central Operativa de Servicios para alertar de la presencia de un vehículo sospechoso aparcado frente al recinto y cuyos ocupantes se habían dado a la fuga en un Peugeot 306.

No tuvo tiempo para nada más. La furgoneta, que transportaba un artefacto cebado con entre 100 y 300 kilos de explosivos, según las primeras estimaciones de los expertos, estalló mientras Piñuel hablaba al teléfono con sus compañeros y trataba de comprobar si la matrícula (5945 FMC) era "doblada". La onda expansiva, que arrancó postes de luz y árboles de cuajo, alcanzó de lleno a una garita y al edificio de vigilancia, que se convirtió en un amasijo de escombros bajo el que quedó atrapado el guardia civil.

Restos a 500 metros

La explosión afectó a quince vehículos aparcados en las inmediaciones e incidió de pleno en la parte central del edificio militar, que se derrumbó sobre el patio. Todas y cada una de las ventanas, puertas y techos de la casa-cuartel saltaron por los aires. La deflagración provocó grietas en muros de carga del tamaño de un puño y un socavón en la calzada de tres metros de diámetro.

Fue de tal calibre que los agentes recuperaron restos del coche bomba a casi medio kilómetro de distancia, en las orillas del cercano embalse de Urrunaga. Pedazos del motor fueron encontrados a 200 metros del foco.

La lluvia de cascotes enterró al sargento José Javier Cabrizo y a dos agentes más (un hombre y una mujer) que dormían en la parte delantera del edificio. La fortuna quiso que la mayoría de los dormitorios estuviesen ubicados a las espaldas del cuartel y que el edificio estuviera a un kilómetro del pueblo; si no, los daños personales hubieran sido mucho mayores.

Los guardias sepultados lograron liberarse por sus propios medios, pero el sargento no. La Ertzaintza tuvo que movilizar equipos de rescate de alta montaña y unidades caninas para poder socorrer al superviviente y recuperar el cuerpo de Piñuel Villalón.

Los efectivos policiales y los bomberos apuntalaron primero el edificio para poder trabajar y escarbaron con sus propias manos para llegar hasta las víctimas.

Necesitaron más de dos horas para liberar al sargento Cabrizo y casi tres para poder sacar los restos sin vida del agente fallecido. A las 06:00, los bomberos dieron por concluido el operativo de rescate.

Coche abandonado

Cinco horas después del atentado, efectivos de la Ertzaintza encontraron en una pista forestal del cercano puerto de Urkiola, en la frontera entre las provincias de Álava y Vizcaya, el Peugeot 306 que los terroristas habían utilizado en el primer tramo de su huida.

Según fuentes de la lucha antiterrorista, los etarras trataron de quemar el coche para borrar huellas con un sistema incendiario que falló.

Los ertzainas, tras comprobar que el vehículo no contenía una bomba-trampa, entregaron el Peugeot a la Guardia Civil, que se ha hecho cargo de las investigaciones.

Dado el estado inhabitable en que quedó el cuartel tras el atentado, los 29 guardias y sus familiares que vivían en Legutiano, asistidos en todo momento por cuatro psicólogos, fueron realojados en instalaciones del Instituto Armado en la vecina Sansomendi. Los técnicos de Interior señalaron que el edificio, de 50 años, sufre daños estructurales y dudan de que sea posible rehabilitarlo.

Los cuatro guardias civiles heridos están fuera de peligro, aunque tres de ellos pasaron la noche ingresados en hospitales.

El que presenta un cuadro clínico más grave es el sargento José Javier Cabrizo Fernández, de 41 años. El parte médico indica que tiene síndrome de aplastamiento, neumotórax y hemotórax izquierdo, así como fractura vertebral, policontusiones y erosiones.

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