EL TENERIFE pierde a un profesional modélico. Se-rrano se va ahora y no más tarde porque ha tenido la dignidad de avisar de que en realidad quería marcharse dentro de unos meses. La postura del club es coherente. El próximo equipo lo debe hacer alguien que forme parte del futuro de la entidad.
Todo eso es comprensible. El verdadero problema es el conjunto de razones por las cuales Serrano decide aceptar otro trabajo. Nadie las ha contado, pero se suponen. De un tiempo a esta parte el Tenerife ha empezado a emitir síntomas preocupantes. Hay una expresa voluntad de ascender a Primera División, pero no aparece ninguna señal de progreso. Ni en la parcela económica, en la que no genera un euro y sigue pidiendo créditos, ni en la deportiva, en la que la persona clave, la que debe aportar los criterios para fichar, se marcha frustrado, tal vez descreído del proyecto porque no advierte posibilidades reales de culminar la obra.
La situación abre no pocos interrogantes de serio calado. Si es verdad que Serrano se va desencantado, parece improbable que quien le recomendó para que venga, Santiago Llorente, vaya a aceptar un cargo que adolece de garantías mínimas para su discípulo. ¿Cómo iba a aceptar venir él a un sitio donde no pudo trabajar a gusto Serrano? Y si no fuera Llorente el sustituto, peor. Primero, porque es el mejor y segundo, porque obliga al Tenerife a encontrar a alguien de la línea de Serrano, ya que de lo contrario, empezaría a estar en cuestión también el cuerpo técnico, que fue fichado con el criterio futbolístico de Alfonso.
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