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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Autogobierno y gobierno compartido

15/may/08 07:36
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BIEN PUDIERA ser esta la solución política; bien el modelo para que, tras él, Canarias se apuntalara como nación camino, cuando sea (debe ser el objetivo más inmediato), de instituirse en Estado. Y sería así si asumimos, claro está, la estructura federal como inicio de una posterior consolidación en el tiempo de una confederación como meta final. La confederación nos investiría de personalidad propia no sólo jurídico-administrativa, sino también institucional.

¿Cómo conseguiría Canarias el autogobierno? ¿Acaso no lo tiene ya?, se preguntarán. ¿Es que el Estatuto de Autonomía de 1982, con su posterior modificación años más tarde, no colma las aspiraciones de autogobierno? Por supuesto que no. Para eso se ha elaborado el que fue camino de las Cortes y rechazado por el PSOE, donde ya las aspiraciones eran diferentes y las competencias que se proponían eran otras y más.

El día que el estatuto ese que fue devuelto regrese a Madrid y venga refrendado en su amplitud con algún que otro recorte, ¿sería la estación terminal de todo el proceso político-administrativo de Canarias? ¿Nos daríamos por satisfechos? En un primer momento habría que decir que sí. Pero se tendría que seguir empujando y trabajando para obtener más cotas de poder.

Y, sobre todo, una cuestión que es fundamental ya que se podrá esgrimir que ese modelo federal o esa aspiración confederal no está contemplada en la constitución actual, por lo que habría que ir hacia la modificación, sobre todo, del Título VIII. Pero, eso sí, no ir solos, habría que dar la mano a los nacionalismos minoritarios que desarrollan su política dentro del Estado español, como son los que componen Galeusca, tales como el Bloque Gallego, PNV y CiU, para tener más fuerza y en el que el nacionalismo canario no debe demorar por mucho tiempo su integración.

Además, si hablamos de democracia, el estatuto que salga -si es el próximo mejor- refrendado del Parlamento de Canarias, cuando llegue a Madrid, debe aprobarse sin más, porque, si no fuera así, bien pudiéramos decir que desde allí hay territorios como el nuestro, que son considerados de tercera, y sobre los que hay que ejercer algún tipo de dominio a la vez que se percibiría, de ser así, un cierto tufillo de un falso proteccionismo colonizador.

En ese momento de máximas competencias tras el despliegue del artículo 150 de la Constitución, se podría hablar entonces de gobierno compartido. Gobierno entre el de Canarias y el del Estado. Y a partir de ahí, entre uno y otro se instaure el diálogo, se compartan poderes y soberanía tal y como el Estado español lo hace con Europa. O sea, que, de la misma manera que España ha cedido soberanía a Europa, pase lo mismo con Canarias, donde se encuentren en un punto, el debate sea de tú a tú y donde uno no se sienta más fuerte y omnipotente que el otro.

Y en Europa, Canarias no puede quedarse circunscrita a esa parcela reservada para las regiones sólo como oyente o mero transmisor de opinión, sino que en todas aquellas cuestiones que afecten a las Islas no sólo esté presente sino que su voto se deje oír y no circule a espaldas de lo que se va a decidir. Si es que se está por el respeto de la idea federalizante, que es la que se imprime a la política de la Unión Europea.

La solución federal debe hacerse, por supuesto, desde el pluralismo. Sin pluralismo la federación no puede ambicionar más que ser una organización territorial de gobierno en defensa y en lo concerniente a la economía. Mediante el pluralismo, la federación, los Estados federados, las entidades implicadas valoran el activo de la diversidad, la canalizan hacia el consenso y a las soluciones compartidas y, sobre todo, la preservan de la imposición de medidas unitarias.

El autogobierno y gobierno compartido sería un modelo a estudiar y podría considerarse como un primer paso hacia el afianzamiento de un territorio difícil de estructurar como el nuestro, donde debe primar sobremanera la solidaridad entre las islas, donde deben regresar a su punto de partida viejos y caducos estigmas del poder, ya que para esta nueva etapa hace falta no tanto caras nuevas como ideas remozadas, ágiles y valientes que sepan con decisión hacia dónde hay que ir para terminar llegando.

Y al unísono mediante un acertado despliegue de políticas buscar el encuentro con el Estado, compartir poder, pero que sea el ritmo y la vivacidad lo que prime, que no el retranqueo, lo que se ponga en la mesa de la discusión, que sea la flexibilidad de los nuevos tiempos lo que mande y obligue a cambiar de rumbo en la política.

En ese trayecto, si la conciencia nacionalista se agranda y se afianza con los votos, habremos dado un salto muy importante y podremos entonces decir que al fin somos protagonistas de nosotros mismos, y no como hasta ahora, testigos mudos de una historia mal contada.

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