NO DESCUBRO nada nuevo al decir que viajar es una recomendable actividad para conocer el mundo. Eso sí, según y como. Me refiero a que hay muchas formas de moverse por ahí fuera. Para quienes ejercemos la profesión de informar, así como para los políticos que habitualmente nos engañan con nuestra absoluta benevolencia, una forma de ver el mundo, al menos el mundo que a uno le quieren enseñar, es recurrir a los viajes oficiales que de vez en cuando, aunque con creciente frecuencia, organizan todo tipo de instituciones: ayuntamientos, cabildos, parlamentos vernáculos y hasta los gobiernos; el central y cualquiera de los autonómicos.
A mí, lo confieso sin ambages, no me invitan a esas excursiones. Alguna vez he ido; desde luego que sí. Todavía recuerdo con cierta nitidez que allá por 1977 me incluyeron en la delegación oficial del Puerto de la Cruz que se desplazó a Dusseldorf, como cada año, para el intercambio de rigor con el carnaval de esa ciudad. Mi pecado entonces fue la excesiva juventud y la creencia adjunta de que las cosas son, en esencia, simples. Al regresar escribí tres reportajes. En el primero contaba cómo es Dusseldorf, en el segundo cómo es el carnaval de Dusseldorf y en el tercero las andanzas de la delegación portuense, sin omitir que la parte trasera de la carroza representativa debía estar cubierta de flores, aunque al final la hicieron de cartón piedra pintado de azul; alguien se metió en su bolsillo la diferencia de coste. Y sin olvidar tampoco que un hotelero de origen teutón ponía a caer de un burro a la delegación en la que él mismo estaba integrado, incluso delante de sus compañeros; pensaba que ninguno de aquellos "magos" entendía lo que decía en alemán. Craso error; una venezolana, que llevaba algún tiempo entre aquella gente, me traducía palabra por palabra sus despectivos comentarios.
Huelga decir que jamás volvieron a invitarme a ese elegante carnaval germano. Bien es verdad que posteriormente otros cometieron la misma pifia, por puro desconocimiento, de incluirme en romerías internacionales. Pero no fueron muchos. Debió de correr la voz, porque al poco tiempo no volví a participar en ninguna. Lo cual me obligó, miren por donde, a pagar de mi propio peculio cuantos viajes he realizado desde entonces. Cierto que eso sale más caro para la economía personal de cualquiera que hacerlo con cargo a la hacienda pública, aunque también conlleva sustanciales ventajas. La primera, ver lo que uno quiere ver y no lo que otros quieren enseñarle. Por añadidura, de vuelta en casa se puede escribir en un artículo periodístico, o realizar un reportaje para televisión, sin tener en cuenta los agradecimientos inevitables.
Desconozco si María Teresa Fernández de la Vogue ha viajado mucho a costa de su sueldo. Con cargo al erario, y por motivos estrictamente oficiales, nos consta a todos que sí. Para algo es la vicepresidenta del Gobierno de España. En cualquier caso, estoy convencido de que si hubiera prodigado sus excursiones por el África negra sin la cortapisa del protocolo de Estado, quizá no hubiese cometido el ridículo de fotografiarse con las tres mujeres de un nigeriano polígamo, pensando que eran sus hijas. Hay cosas, como la alianza de civilizaciones, que sólo se las cree el que asó la manteca, o un ministro de Zapatero.
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