1.- El anciano sacó un rosario árabe y se puso a rezar, pero antes besó con disimulo el resguardo de la tarjeta de embarque que llevaba en la mano. Fue como si desconfiara de aquel pájaro enorme que iba a levantar el vuelo en Barajas, un Airbus 340/300 de la compañía Iberia. Cuando se sintió en el aire, el anciano respiró. Yo iba al lado, con mi ordenador preparado para entrar en acción en cuanto la tripulación lo autorizara. Cuando llegó el momento, comencé este artículo, con la misma pregunta de siempre flotando en mi cerebro: "¿Y de qué coño voy a escribir hoy?". El anciano me miró, desconfiando del hombre que escribe. Yo tecleaba las primeras líneas y noté que, de vez en vez, el viejo examinaba, de reojo, la pantalla. Es curioso, porque lo que ustedes están leyendo ahora lo estoy escribiendo en el vuelo. No sé, pues, si hablar en presente o en pasado. Da igual.
2.- El hombre no deja de vigilarme y de rezar. Ahora ha sacado un libro sagrado. ¿Qué es, el Corán acaso? No lo sé, yo también lo miro con el rabillo del ojo, pero las letras son muy pequeñas. Un pequeño volumen encuadernado en piel. Nuestros gestos se cruzan, de vez en cuando; los dos notamos fuertemente la presencia del otro. Al cabo, no puede más, y me pregunta: "¿Escribe usted sobre mí?". Yo lo niego. Pero está claro que es así, porque sigo tecleando al mismo ritmo de los acontecimientos. El anciano, evidentemente, se cabrea de mi crónica en vivo, pero no dice palabra. Esconde el rosario entre sus piernas y sigue susurrando oraciones; posiblemente las extrae de su libro sagrado.
3.- La azafata le pregunta si quiere algo; responde que no. Los dos rechazamos la horrible comida de la Preferente de Iberia. Un salmón. El piloto anuncia que inicia el descenso y ofrece unos cuantos datos de Tenerife Norte. El anciano renueva sus preces, ahora susurrando la oración más perceptiblemente. No deja de mirar a la pantalla de mi ordenador, que he de apagar en unos instantes. Ahora sonríe, y me dice: "¿Por qué me llamas anciano?; sólo tengo sesenta y nueve años". Me sorprendo; parecen muchos más. Cuando anoto lo anterior, añade: "Si me lo hubieras pedido, te habría contado mi vida". "¿Es importante?", pregunto. "Sí, he matado a muchos hombres en el campo de batalla". Creyendo que he encontrado una historia, empiezo a interrogarle, pero él sigue rezando. El avión toca tierra, aquel hombre recoge su portafolios y se va. Yo ya he apagado el ordenador; termino este artículo en casa, pero estoy sin historia, o puede que con una historia sin comenzar. Lo buscaré. O a lo mejor lee esto y me regala la próxima novela. Una novela que habrá nacido en las nubes.
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