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PABLO PAZ

Cultura campesina

13/may/08 07:40
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A PROPÓSITO de la crisis financiera en la que apenas sí hemos puesto un pie dentro de ella, se ha despertado un interés inusitado por la especulación financiera, que junto con la caída o desplome de los sectores de la construcción y servicios, y el aumento del consumo de los biocombustibles, han hecho que se disparen los precios de los alimentos más básicos; sobre todo, aquellos que están relacionados con la agricultura y la ganadería: papas, cereales, caña de azúcar, maíz, remolacha, arroz, soja, harina, plátano, leche, huevos, carne de pollo, de vaca?; algunos de ellos han subido hasta un 40% en menos de un año.

Se está hablando mucho del cambio climático, y algunos incluso se están haciendo ricos -véase, sin ir más lejos, el ínclito Al Gore- a costa de los progres que se sienten de pronto iluminados por los profetas de esta nueva religión ecológica, que tiene mucho de apocalíptica y poco de ciencia; que lo mismo hablan del tiempo como del clima confundiendo ambos términos, olvidando que el verdadero problema que tiene el ser humano en la actualidad es que estamos poniendo en peligro, no el clima, que solo se puede predecir a muy largo plazo, sino nuestro propio entorno sociológico; debido, sobre todo, a la falta de ahorro energético y a la ineficiencia política de los dirigentes del primer mundo, que ignoran que la peor calamidad que ahora mismo tiene la Humanidad es el hambre. Esto sí que es una verdad incómoda y lo demás son pamplinas.

Conozco a un matrimonio encantador que tiene un terrenito por Buenavista del Norte, cerca de El Palmar, al cual acuden cuando sus labores profesionales -ambos son maestros y generalmente suelen ir los sábados- se lo permiten, para cuidar y mimar su pequeño tesoro. Dicho terreno, heredado de los padres de ella, les sirve para no perder el contacto con su pasado y, de camino, no desaprovechar la cultura campesina que recibieron ambos y que intentan transmitirles a sus hijas -una de las cuales, por cierto, está estudiando agronomía-, haciéndolas ver que la agricultura en Canarias no puede seguir siendo una actividad relegada y marginada, no sólo por los responsables políticos, sino por la mayoría de una sociedad que se cree superior por ser urbanita, cuando en realidad dependen para subsistir, precisamente, del sector primario: agricultura, ganadería, minería, pesca, que debería constituir el pilar básico de toda sociedad, no sólo para poder abastecerse sin necesidad de tener que depender del exterior, aunque para ello tengamos que limitar las importaciones de choque, sino porque, principalmente, la agricultura y la ganadería son las verdaderas raíces que conforman nuestra identidad; y ello nos debería hacer reflexionar para mostrar a los demás, con más ahínco y firmeza si cabe, el orgullo que sentimos de ser capaces de defender nuestra cultura y nuestros orígenes.

Sería necesario concienciar a los ciudadanos de que es primordial preservar la identidad del campesino, la importancia de su modo de vida para, en lo posible, poder consumir aquello que seamos capaces de producir. Es difícil, lo sé; sobre todo en este proceso de globalización donde las tradiciones y los rasgos locales son continuamente subvertidos por modas y culturas foráneas. Pero aún así no podemos, o no deberíamos, seguir soportando y permitiendo que nuestros pueblos y nuestros campos se estén vaciando, sobre todo de gente joven que ve en las ciudades una salida a sus problemas laborales, educativos, sanitarios, culturales y hasta lúdicos. Se debe enseñar, primero en las familias, pero también en las escuelas, que la cultura campesina no tiene por qué tener ningún rechazo social. Claro está que, para ello, las autoridades competentes deberían poner los medios y llevar a cabo las políticas adecuadas para que las gentes del campo no se sientan defraudadas y devaluadas económica y socialmente.

Es necesario, pues, rescatar la cultura campesina, afianzar su protección, discutir sobre el papel fundamental que siempre ha desempeñado la mujer en las zonas agrícolas, y en la conservación y transmisión de dicha cultura dentro de la familia. No es cierto que la mecanización del campo pueda sustituir a los agricultores. La cultura campesina es mucho más que un tractor o la utilización de determinados productos químicos. Hemos de transmitir en las escuelas, a través de programas de educación ambiental y, a ser posible, mediante la creación de pequeños huertos instalados en los colegios e institutos, que es necesario respetar el medio ambiente, laborar nuestras mejores tierras -en Canarias hemos pasado de cultivar 6.000 ha. a tener solo 1.000 cultivadas-, conocer mejor nuestra tierra, nuestros barrancos, nuestros caminos y veredas; conocer que tenemos verdaderas joyas de la naturaleza como nuestros bosques de laurisilva, que son hijos de los alisios y hermanos de las nubes.

En definitiva, no podemos permitir, como de hecho está sucediendo en numerosos países del Tercer Mundo, que se destruyan espacios naturales, incluidos bosques y selvas enteras, para crear plantaciones con cultivos que después puedan venderse para fabricar biocombustibles, ocasionando problemas medioambientales y originando consecuencias contrarias a las previamente deseadas. Ni por supuesto seguir cediendo nuestras mejores tierras de cultivo, que es tanto como decir nuestro paisaje, ante el avance voraz del ladrillo y del cemento. Aún estamos a tiempo de impedirlo. Mañana ya será tarde.

macost33@hotmail.com

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