HAY MÉDICOS en este país y en todos los países que guardan sus saberes, sus diagnósticos, producto del reconocimiento al enfermo y hasta sus investigaciones propias como secretos de confesión. Creen que nadie tiene razón y derecho a saberlo excepto ellos mismos. ¿Es soberbia o es menosprecio al que sufre la enfermedad y a sus familiares? Ya no se ve tanto, pero aún quedan algunos que actúan a la antigua usanza. En La Gomera recuerdo desde chico que el médico que llegaba destinado a un pueblo era el único que ocupaba plaza de médico municipal. Uno para todos. Claro que en una población como San Sebastián, que tenía entonces unos cuatro mil habitantes, el médico municipal se libraba de casi todos los partos, porque estaban las parteras o comadronas (sin títulos), los practicantes y los curanderos que, en cuestión de huesos eran unos manitas, sin contar las generalmente ancianas que curaban mediante rezos y la gente las creía. Y, como hay personas y personas, sean médicos o cualquier cosa, había galenos desaprensivos, déspotas y malcriados, que era necesario soportar porque no había otros.
He leído varios artículos del padre Fernando Lorente, capellán del hospital de San Juan de Dios, de Tenerife, y colaborador de este periódico, que ha pasado toda la vida en la Orden Hospitalaria y sabe mucho del trato y el tratamiento médico de los enfermos, que insiste mucho en la parte puramente humana que el médico debe practicar junto con la parte clínica y profesional, y por las Casas de la Orden han pasado y están pasando miles de médicos que, en cierto modo, se forman para ejercer la Medicina actual. Y con la fundada por San Juan de Dios, otras órdenes hospitalarias han terminado de dar al médico la formación necesaria para un tratamiento, digamos, completo al enfermo.
Creo, porque lo he comprobado, que los médicos que han pasado por los hospitales de San Juan de Dios tienen una visión distinta, desde luego más positivamente humana de los pacientes y en estos hospitales, que ya están al nivel técnico de los mejores, se han logrado y se logran sorprendentes curaciones. Por eso me ha sorprendido gratamente leer en estas páginas, entre las declaraciones del doctor don Manuel Maynart -que me propongo comentar en otro ladrillo- cuando dice: "Hemos estudiado Medicina para resolver un problema que se llama enfermo y que, curiosamente, no es un extraño que pasa por la calle. Nuestro papel, el del médico de hoy, es resolver el problema que abarca al cien por cien de la sociedad". En resumen, que para el médico actual, el enfermo tiene voz y voto para decidir sobre su persona.
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