Querida mamá: me gusta tocarte el rostro y perseguir el balanceo de tus cabellos. Busco enredar mis dedos regordetes en esos hilos que hacen muchas cosquillas. Es mi juego favorito. Lloro muy fuerte para que te asomes a la cuna, para olerte y sentirte, para que me levantes en el aire y me lleves hacia el valle de tus pechos. Te siento tibia y me parece que noto cómo te camina la leche bajo la piel blanca y prieta. Presiento su salida, por eso busco con desespero un pezón sonrosado para sujetarlo con mis labios y succionarte la vida. Pongo los dedos de mi mano, uno tras otro, sobre esa montaña perfecta que se mueve al ritmo de tu respiración, los curvo y te aprieto fuerte, para que no huyas.
Me gusta mucho oír el reloj de tu corazón. Es el momento en el que te siento más mía y sin los miedos que nos asaltaban cuando crecía en tu vientre, pues ya has comprobado que tengo cinco dedos en cada mano, que te sigo con la mirada y reacciono ante una palmada; que me sujeto con los dedos a los índices de tus manos y que hago un pipí normal y una caca poco blanda. ¡Es lo que tenemos los bebés!, somos primarios y exigentes, no tenemos sentido de la oportunidad ni de la mesura, queremos todo y ahora, pero creo que en el fondo no te importa, pues te he sorprendido más de una vez mirándome con ternura en el instante mágico de mecerme en la cuna perfecta de tus brazos, creo, incluso, que hasta has sonreído al recorrerme el hoyuelo de la barbilla, ¡igual al de papá!
Te oigo musitar frases sobre mi perfección y la grandeza de la naturaleza, sobre todo cuando me muestras a esas personas que no huelen como tú, que se asoman al cielo de mi cuna con grititos y caras de asombro. No me gusta que me cojan, ni esos sonidos que emiten. Me asustan con sus "bu, bu", "ago, ago", "topa topa"?, todo ello mientras me aprietan y me pasan de mano en mano. No juegan como tú, mamá, por eso prefiero estar contigo a solas e intentar coger ese aro de colores que no suena tan dulce como tu voz.
Todavía no entiendo lo que me dices, pero sé cuándo estás enfadada o triste. Noto cómo me coges con más fuerza de la habitual, cómo murmuras por lo bajo mientras te sacas mecánicamente el pecho. El ritual no es tan tierno como otras veces aunque huelas a lo mismo, a mi mamá, y tu piel al tacto está húmeda, sudorosa, e incluso la leche no sabe igual. Te hago gorgojitos y te vas ablandando poco a poco, como si te derritieras bajo la caricia de mis labios, al notar mi necesidad de ti. Es lo bueno de ser madre, ¿verdad?, el dar la vida a alguien para quien siempre se será importante.
Pero hoy, mamá, has jugado a algo que no conocía. Es nuevo para mí. Me has asustado con esa almohada grande y blandita que otras veces ha servido para que no me cayera de tu cama. Esta vez y mientras dormía, la has cogido muy fuerte, me las has puesto en la cara y has apretado para que no me la pudiera quitar. Quise decirte que no me gustaba ese juego, pero no me oíste. Respiré y respiré tu olor, lo habías dejado impregnado en el forro de la almohada. Eso me dio seguridad y paz, me recordó tu amor, por eso no me importó dejar de boquear buscando un poco de aire y marcharme despacito, sin hacer ruido, dejándote aquí, sola.
En mi viaje a la tierra de los niños -que no sé todavía dónde está-, me encontré con otro bebé cuya madre no la había enseñado a volar. Tuvo menos suerte que yo, pues su juego era dejarla caer ladera abajo, sin tener tan cerca el olor de mamá. Tuvo miedo al sentir el vacío, cerró los ojos con fuerza y no lloró, no quería que ella supiera que este nuevo juego tampoco le gustaba.
Mamá: mi compañera de camino tiene el cuerpo maltrecho y roto pero me ha cogido de la mano. A las dos nos ha pasado lo mismo: nuestras mamás se cansaron de jugar, rompieron las muñecas y ahora están castigadas en el rincón de la pena, abrigadas de soledad, y su condena será el respondernos a la pregunta de: ¿a qué jugamos, mamá?
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