En los años noventa vivimos una enorme vergüenza mundial con el genocidio de los grandes lagos en Ruanda en el que se exterminó a machetazos a un millón de personas. El odio entre hutus y tutsis provocó una de las matanzas más espeluznantes de la historia de la humanidad mientras las potencias occidentales discutían si intervenían o no, y la falta de voluntad y de medios lo impidió. La historia se repite y la pasividad internacional también. Cada uno preserva sus propios intereses mientras se reabre el debate sobre la injerencia humanitaria: ¿qué es más importante, la vida de miles de personas o la soberanía nacional de un país? El Papa defendió en la ONU la intervención para proteger a seres humanos. La dictadura birmana no se conmueve por el sufrimiento de su pueblo. El número de muertos por el ciclón "Nargis" supera los cien mil, con casi dos millones de afectados. Ya se han registrado los primeros casos de cólera porque la gente bebe agua de los ríos intoxicados por la descomposición de los cadáveres. ¿Qué esperan las grandes potencias para intervenir? Las organizaciones humanitarias claman en el desierto pero los poderosos miran hacia otro lado porque no hay petróleo como en Irak. En el caso birmano, los seres humanos no cuentan en el tablero de la geoestrategia internacional y nadie está dispuesto a ir más allá de la simple protesta o amenaza verbal que apacigüe la indignación de sus opiniones públicas. Los corruptos dictadores birmanos pretenden quedarse con la ayuda internacional y utilizarla para enriquecerse y apuntalar su régimen inaceptable mientras se celebra un referéndum para la aprobación de una Constitución que lo legitime y que ha sido elaborada sin contar con la oposición liderada por la premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi.
Los birmanos sufren la dictadura militar desde 1962. En 1990 se anularon los resultados electorales porque había ganado la oposición. Ahora, sobre los cadáveres de miles de personas los dictadores pretenden consolidar constitucionalmente su poder e influencia y ser eximidos de sus crímenes. Entre tanto, la comunidad internacional se limita a protestar por las trabas oficiales a la distribución de la ayuda y consiente semejante atropello a los derechos humanos. No es fácil una intervención militar, necesita una solución posterior interna, pero quedarse con los brazos cruzados es infame y vergonzoso.
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