Sociedad
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JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

Una visita... ¿inesperada?

9/may/08 01:25
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YA SÉ que hablar de clases sociales no está bien en los tiempos que nos ha tocado vivir. Sería, como suele decirse, políticamente incorrecto. Ahora, en virtud de la democracia, todos somos iguales, todos tenemos los mismos derechos -quizá no las mismas obligaciones- y todos debemos ser considerados por lo que somos, no por lo que tenemos. Hay todavía, por supuesto, algunas reglas sociales -cada vez menos- que deben ser acatadas, sobre todo cuando se dictan para sociedades privadas, pero incluso en éstas sus regidores tienen mucho cuidado a la hora de ponerlas en práctica por miedo al qué dirán.

Pero antes no era así, y ese "antes" no se refiere a un tiempo muy lejano: digamos sesenta años. Por aquel entonces, en nuestra sociedad estaban bien definidas las clases sociales, sobre todo tres de ellas: la media, la media alta y la alta. No hará falta decir quiénes componían la última, asociada siempre a los que poseían fortuna, títulos nobiliarios, tierras o propiedades que les proporcionaban sustanciosas rentas. La media alta, sin embargo, la componían los profesionales, los empresarios, los militares y los funcionarios públicos de cierto rango, aunque solía incluirse también en ella a quienes presumían de fortuna, si bien ésta a veces nadie sabía cómo había sido adquirida. Por último, la media tenía unos límites poco definidos, aunque era obligatorio poseer cierta educación, vivir con dignidad y con arreglo a sus ingresos, pertenecer a alguna de las sociedades de su entorno y, si posible fuera, educar a los hijos -como antes se decía- "en colegio pago".

Lo anterior sirve como introito para definir una característica que, sin embargo, era común a todas ellas: al no haber televisión o estar ésta en sus comienzos, la gente recibía en sus casas a familiares y amigos. A partir de las seis de la tarde, hora más hora menos, las amas de casa tenían que tener sus hogares -al menos la sala de estar- en perfecto estado de revista. Limpio y pulido el suelo, los muebles sin una mota de polvo, el tapizado de los sillones sin manchas y, en el aparador del comedor, una botella de anís o, en su defecto, una de vino dulce y unas galletas. Si lo señalado anteriormente se cumplía a rajatabla, las familias estaban preparadas para "recibir". Normalmente, el visitante solía avisar, pero no todo el mundo tenía entonces teléfono para poner en conocimiento del futuro anfitrión la intención del primero, así que era preferible estar preparado ante esa eventualidad.

Aunque en la actualidad a los jóvenes les resulte extraño, las reuniones mencionadas solían ser agradables. No se hablaba de operación triunfo, ni de fama, ni de la familia Pérez, ni de detectives-forenses, ni de fútbol-baloncesto-voleybol-ciclismo, etc., sino más de temas relacionados con la política, la educación, la literatura y otras materias relacionadas con el futuro, analizando con sosiego las dificultades que un mundo en convulsión presentaba. Por saber que el país estaba polarizado debido a las convicciones político-religiosas, en esas reuniones caseras los temas se trataban con mesura, sin radicalizarlos, pues el objetivo era sólo pasar un rato con las personas de nuestro entorno sin que las diferencias de criterio hiciesen llegar la sangre al río.

Esto que he señalado, hora es ya de decirlo, ha cambiado totalmente. La vida ha dado un giro de ciento ochenta grados y ya nadie visita a nadie; tal costumbre resulta anacrónica, obsoleta, pues si a alguien se le ocurre ir a casa de un amigo o familiar para pedirle un consejo o comentar con él un asunto que le preocupa, corre el riesgo de hallarlo en paños menores o, y eso sí que es malo, viendo unos de esos programas televisivos con altísimo "share". Cuando esto último ocurre, el visitante se verá obligado a compartir con su "visitado" las aventuras del protagonista de la serie en cuestión, y como la duración de estos programas suele ser larga es muy probable que acabe marchándose sin llevar a cabo el propósito que allí le llevó.

Pero, lo que es la vida, de pronto todos nos hemos visto obligados a cambiar nuestras costumbres. Sin oposición ninguna, porque no está en nuestras manos oponernos, poniendo al mal tiempo buena cara por el qué dirán, intentando que nadie se percate de nuestra discreta retirada de los sitios que antes frecuentábamos, todos nos estamos viendo obligados a recibir una visita que yo no me atrevería a definir como inesperada; de ahí las interrogaciones que figuran en el título de este comentario. Y digo esto porque habría que estar viviendo alejado del "mundanal ruido", y a menudo ni así. Parodiando a Shakespeare podríamos decir "algo huele mal...", aunque en este caso no se trata precisamente de olores sino de actitudes. En efecto, se nota en el ambiente desde que despunta el día hasta que la noche se cierne sobre la isla. El comercio atraviesa una mala racha, las agencias inmobiliarias y de viajes cierran una tras otra, los bares y restaurantes atienden a la mitad de los clientes habituales, los cines ofrecen sus proyecciones a muy pocos espectadores, el turismo experimenta un ligero aumento, aunque disminuyen sensiblemente sus ingresos, en horas otrora de intensa circulación el tráfico discurre ahora con más fluidez al haber menos coches en las carreteras, etc.

Si llegamos a casa después de cumplir con nuestras obligaciones, si decidimos pasar las horas viendo un programa de televisión que aleje de nuestra mente las preocupaciones pecuniarias que nos embargan, si con ello logramos abstraernos y atender sólo a lo que estamos viendo -como si lo que ocurre a nuestro alrededor no tuviese nada que ver con nosotros-, tarde o temprano oiremos sonar el timbre de la entrada y nuestro cónyuge nos anunciará la visita que, ilusamente, creímos no tener que recibir:

-Manolo... la crisis...

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