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9/may/08 01:25
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Nuevo choteo del traje de maga de La Orotava

Sí, señores, nuevo y van no se cuántas veces que he dicho y escrito que el maravilloso traje de maga de la Villa de La Orotava es una preciosidad si está bien puesto y llevado con orgullo y elegancia.

El día 26 e abril estuve viendo por televisión la elección de la reina de las fiestas de mayo de Santa Cruz, y fue tan vergonzoso oír al presentador que la señorita que salía a continuación representando a no sé qué asociación o lugar de Santa Cruz llevaba el traje de maga de La Orotava que casi me da algo.

Afortunadamente, el jurado no la eligió ni como reina ni como dama de honor, porque realmente aquello que llevaba puesto ni en la peor de las romerías o fiestas tradicionales se ve tan lamentable espectáculo de no tener conocimiento alguno de cómo se ha de poner y llevar con elegancia y orgullo algo tan nuestro y fundamental como nuestro traje de mago.

La señorita llevaba todo el traje al revés de cómo ha de llevarse. La capa de color verde, sobre el hombro derecho, no en el izquierdo; las bolas recogidas en la falda en el izquierdo y no en el derecho; el sombrero y no gorro sobre la cabeza y no tapando una oreja; el recogido de la falda, a mitad de pierna y no en la cintura. También le faltaba el refajo de color rojo y la enagua de color blanco era muy grande con respecto a la falda. No sé si llevaba las botas de maga u otro calzado de diario.

En fin, como he dicho, una pena muy grande que un traje tan bello, casi siempre en estos festivales y recepción de personalidades, se chotee de esta manera.

Por supuesto, la señorita no tiene culpa de nada, pero sí el que la vistió. Para otra vez, si quieren la asociación o lugar de Santa Cruz que quieran presentar a una señorita a Reina de las Fiestas de Mayo, que pregunten primero, que hay muchas maneras de saber cómo ha de ponerse este traje de maga de La Orotava.

Cristóbal Fco. Pérez Bautista

(La Orotava)

Aquellos encendidos atardeceres

El aire fresco se cuela desde las fisuras y grutas de los profundos barrancos, trae consigo aromas de los brezales y el tomillo, del pinar y los helechos silvestres. Más parece un soplo nostálgico que trajera fragancias de épocas pretéritas y asomaran con los recuerdos... En las horas somnolientas de la tarde, el silencio agreste se quiebra con el retorno de las aves que llegan a pernoctar en sus habituales refugios; o regresan a sus nidos de amor para nutrir a sus impacientes crías. Hay un halo melancólico en el ambiente cuando va muriendo la tarde, cómplice del silencio que nos envuelve. No hallamos lugar donde poder escondernos y en el cual no oigamos ese latir del tiempo que va pasando sin detenerse. Todo parece alejarse hacia el infinito, dejándonos huérfanos de cuanto vamos perdiendo en ese devenir suyo. ¡Oh, cruel orfandad la nuestra! Tanto vacío, donde parece que gime la brisa mientras nos está acariciando, cuando roza nuestras manos anhelantes, agitadas en el aire, huecas y al descubierto, insinuantes... Valles, montes y cañadas, caminos tantas veces andados, ¡qué solos nos estamos quedando!

Así pasa el tiempo, inexorable, hiriendo la paz de los gratos acontecimientos, dando zarpazos despiadados a los humanos sentimientos, los que creíamos fueran intocables, dueños de una perpetualidad idealizada, como en los sueños de amor...

Así suceden las cosas de la vida, no somos dueños de la pasión; que nada es duradero y todo lo bello perdemos aunque luchemos por evitarlo. Cuando pensamos en ella el espíritu revive, emerge gozoso desde el abismo en que se hallare cautivo; como si se derrumbara la cruel muralla que nos separase. Cuando pensamos en ella, temiendo perderla, en la mente le arropamos con toda la energía de los más nobles sentimientos y rescatarla para siempre quisiéramos de los maléficos influjos del tiempo.

A veces pienso si no será partícipe, también, ese silencio que nos envuelve; y de todas nuestras desventuras. Como si se arrastrara cauteloso por aquellos sinuosos cauces que imagino tantas veces, soterrados en el silencio habitual de cualquier atardecer.

Distintos fueron aquellos luminosos ocasos de nuestra espléndida juventud, cuando cada tarde discurría entre cálidos destellos y claros crepúsculos que invitaban a soñar. Cuando esperábamos ansiosos la llegada de tantos y románticos nocturnales, desde la tibia arena de nuestras playas. Oyendo el tenue susurro de las olas y buscando en la lejanía el eco y sonoridad de cantos perdidos cual sinfonía de voces lejanas.

En el conjuro de la noche, bajo el efecto de su calma acostumbrada, sentimos debatirse el alma viendo correr los segundos cual tropel fantasma o cortejo de agonía. Y perdernos quisiéramos, allá, en el inalterable horizonte, donde el camino pareciera que termina; intuyendo valles, montes y cañadas, caminos tantas veces andados, en esa ilusionada ruta de los gratos atardeceres.

Celestino González Herreros

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