El comercio tradicional, condenado a desaparecer
El comercio en Canarias ha sido una parte fundamental en la economía del archipiélago, pero de aquel esplendor sólo queda el recuerdo y la añoranza. A los efectos de la competencia, aparecen unos factores que han ido mermando este sector, como la aparición de grandes señas comerciales y las llamadas grandes superficies, que acaparan la gran parte del consumo, dejando poco espacio para el comercio familiar.
Los cambios sociales no han sido ajenos a este sector: nuevos productos, la exigencia de otros servicios, la variación del nivel de riqueza (incremento o disminución, dependiendo de donde obtengamos el dato), la exigencia de horarios y, otros factores. Todos ellos en un corto espacio de tiempo, que han determinado que a muchos de los comercios no les haya dado tiempo, o quizás no hayan querido, a adaptarse a las nuevas exigencias del mercado. Pero quizás el golpe más duro haya sido la globalización, que ha hecho estragos en la forma tradicional de ejercer el comercio en Canarias.
No son ajenas a ningún comerciante las dificultades que tienen para conseguir financiación para emprender la actividad comercial o para modernizar sus instalaciones. A lo que debemos unir la escasa formación que adquiere el colectivo empresarial, quedando en poco tiempo obsoletas, tanto su forma de comercializar como sus dependencias.
El incremento del consumismo ha hecho que las personas adquieran nuevos productos, algunos de ellos superfluos, el incremento de las hipotecas, la precariedad laboral, la subida del precio de la cesta de la compra, están creando un nivel de endeudamiento familiar difícilmente superable, que ante la oferta de los grandes establecimientos hace que poco sea destinado a los comercios tradicionales ante la imposibilidad de competir en igualdad de condiciones.
A la disminución del poder de compra de la familia, se une la disminución del tiempo que se dispone a estas tareas, como consecuencia de la forma de vida de nuestro tiempo, cada vez más exigente en dedicación laboral y otras tareas, lo que hace más atractivo y viable el acudir a los centros comerciales y grandes superficies, que disponen de una mejor accesibilidad, contra las dificultades que ofrece el núcleo urbano, por la aglomeración de vehículos e incremento del tráfico rodado. Dificultad que se está incrementando por el cierre de establecimientos, que hace que disminuya la variedad de productos y servicios que busca el consumidor.
Si algo no puede empeorar, tiende a empeorar, y para el 2010 se tiene previsto la entrada en vigor de la directiva europea Bolkestein, que va a determinar la liberalización total del mercado, que aunque algunos ya dicen que el mercado está liberado. Esta directiva viene a derogar las normas legislativas de los países miembros, y por extensión de las comunidades autónomas, y, ante la ley de equipamiento comercial de Canarias que limita a unos "cupos" la implantación de grandes superficies, esta normativa deja el camino libre a todas estas multinacionales para su implantación, e incluso variando la forma de comercializar los productos y servicios, generando un cambio brusco que determinará que el poco espacio que aún conserva el comercio tradicional se vea seriamente perjudicado.
La desaparición del comercio tradicional conlleva un caos social de incalculables consecuencias. Los puestos de trabajo que deja este sector es imposible que sean absorbidos por este nuevo modelo de comercio, ya que las nuevas fórmulas de comercialización están diseñadas para acaparar poca mano de obra, que, por las prácticas experimentadas de estas señas comerciales, son puestos de trabajo de baja cualificación y precariedad en la contratación.
La desaparición de los establecimientos de las calles de los pueblos y ciudades dejarían sin vida a los núcleos urbanos, se incrementaría la sensación de inseguridad y poco favor se le haría a la teoría de la distribución de la riqueza, la cual estaría concentrada en un oligopolio.
Ante este panorama se precisa un acuerdo entre todas las partes en analizar la situación y actuar, debiendo conocer si la demanda actual es correspondida con la oferta existente y si está debidamente localizada o, por el contrario, concentrada. Hay que realizar una distribución equitativa del espacio comercial según necesidades, situando los comercios necesarios allí donde la demanda exista, y nunca como competencia a la existente, sino adecuando la existente a las necesidades actuales del consumidor. Y, por supuesto, un rechazo frontal y total a la entrada en vigor de la directiva Bolkestein, que aún estamos a tiempo, aunque mañana puede ser tarde.
Toño Linares
(Presidente de Tagoror Achinech)
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