Vivir en un edificio con zonas comunes y/o en una finca sujeta a la Ley de Propiedad Horizontal es algo generalizado y cada vez más extendido. Aparecen, día a día y masivamente, en escena nuevas construcciones residenciales, que se añaden a los abundantes pisos construidos en las últimas décadas, algunos con azoteas, jardines, ascensores, piscinas, solarium, etc., formando, en las ciudades y extrarradios de nuestras islas un extensísimo puzzle urbano, con mogollón de problemas y cuya gestión (eficiente o ineficiente) afecta al conjunto de residentes.
Antiguamente, la señora del primero regaba las dos macetas de la entrada y se ponía veinte duros, cada par de meses, pa'la luz de la escalera. Se escaqueaba el de siempre y los demás se la envainaban. Punto. Después, poco a poco, ya se fue haciendo una especie de administración consecuente, con frecuencia "chafalmeja" y poco rigurosa, que consistía en propinar palos de ciego. "A Dios rogando y con el mazo dando". Hoy la cuestión está trillada, pero, como consecuencia, garantista y complicada. Ahora debe hilarse fino. La cosa se ha puesto cruda, especializada, profesional y peliaguda. Me explico: las comunidades son personalidades jurídicas independientes, con su número de identificación fiscal, su alta en el modelo de la Agencia Tributaria 036, su inscripción en el Registro de la Propiedad, obligadas a mantener contabilidades homologadas, libro de actas con todas y cada una de las decisiones tomadas. Asumen responsabilidades directas y también subsidiarias en los trabajos por cuenta ajena que se realicen en sus dependencias y necesitan seguros concretos para salvar las posibles incidencias.
La ley marca una batería amplia de obligaciones estrictas, en relación a medidas de seguridad, normas de convivencia, estructura de decisiones, fondos de garantía, protección de datos, estética común, etc., que no pueden, ni deben, ser tomadas a la ligera, ni mucho menos pasadas por alto. De esto saben mucho los administradores de fincas y su labor profesionalizada aporta la base para estar a la altura de las exigencias de la legislación actual. Ya no compensan la espontaneidad o el aficionado, la modernidad exige el tratamiento serio, responsable, homologado, honrado y si puede ser titulado, mejor? con el riesgo de, si no se hace así, meter la pata.
Muchos de los que estén leyendo este artículo, espero, estoy seguro que residen en comunidades de propietarios que, independiente y complementariamente a las fincas escrituradas como propias (y que les han costado un ojo de la cara, un riñón, el bazo y un ovo -huevo u ovario, o ambos-), comparten con los demás dueños una serie de espacios, elementos y servicios que obligan, como he dicho, a participar responsablemente en la gestión y administración. Hay que entender que los miembros de una comunidad son poseedores de porcentajes asignados sobre los derechos y obligaciones, pueden delegarlos, pero nadie por sí solo puede reclamar derechos individuales sobre su trocito correspondiente. Las secciones comunes del edificio son de todos los vecinos, al completo, en las porciones establecidas en las escrituras y registros.
Se obliga, pues, a compartir decisiones entre personas con muy diferentes maneras de pensar. De muy diversas extracciones sociales y, habitualmente, con muy desequilibradas (para la convivencia) formaciones educativas y medios económicos. El tema por sí solo no es nada fácil, cada uno es de su padre y de su madre y los anecdotarios están abarrotados de circunstancias y enfrentamientos provocados en el fondo por la falta de comprensión. Por ejemplo, gritos a altas horas de la noche, músicas agresivas, animales domésticos, niños impertinentes, arreglos de la fachada por la cara, un gol del Tenerife despertando a los vecinos, el portazo, la chuletada en la azotea, el guarro despreciativo, el viejito que está siempre de mala leche, la famosa cotilla, el cartero equivocado? Un caso concreto: un señor muy mayor que, fuera cual fuera la Junta celebrada o el punto del orden del día que se tratara, arremetía sobre la necesidad de contratar Canal Plus porque, en ese tiempo, daban películas porno y el anciano lo expresaba públicamente. Claro, la gente se negó. Nadie estaba de acuerdo, no por el dinero, sino por imaginar la marcha loca del viejo parrandero. Al final se la puso en el balcón él solito. ¡Cuidado!, que en la actualidad es delito.
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