Es una sensación que no por muchas veces experimentada deja de sorprenderme: cuando camino por las calles de La Habana o de Caracas me parece que recorro una ciudad canaria. Quizá un poco diferente, indudablemente que sí, pero una prolongación en definitiva de estas islas. En cambio, cuando he ido a lugares como Tarfaya, me absorbe la idea irrefutable de que estoy en otro mundo. Sobra decir que entre Canarias y América media uno de los océanos más grandes del planeta, mientras que entre las costas de Fuerteventura y África apenas hay cien kilómetros entre los puntos más próximos. Puntos que son, precisamente, Tarfaya en el lado africano y el faro de la Entallada en la costa majorera.
A menudo recorro en Tenerife durante un solo día, al igual que muchos de ustedes, una distancia superior a esos cien kilómetros que nos separan de un continente, pobre o apasionante pero siempre duro, llamado África. En definitiva, cien kilómetros, como los veinte años del tango, no son nada. Pero lo son; al menos lo son en el caso africano.
Alguien que excluya la historia para centrarse sólo en la geografía podría preguntarse, sin atisbo alguno de esa ingenuidad ya deslustrada que utiliza a menudo cierto entrevistador de televisión, por qué estamos tan unidos a América y tan separados de lo que tenemos a un tiro de piedra. Pregunta que se torna baladí si nos atenemos a los cinco siglos de historia que nos preceden. Los canarios emigraron masivamente a América, que está muy lejos, en vez de al cercano continente negro porque la riqueza y la esperanza en una vida mejor quedaban al otro lado del Atlántico. El camino era hacia el oeste, y no al revés.
Sea como fuese, cuando la Naviera Armas estableció una línea regular entre Puerto del Rosario y Tarfaya pensé que empezaban a esfumarse 500 años de aislamiento casi total. Incluso me alegré porque ese pequeño enclave de la costa marroquí, uno de los más pobres que he conocido, tuviese la oportunidad de incrementar su desahuciado nivel de vida. Hasta pensaba realizar ese trayecto de apenas cuatro horas; la mitad de lo que he tardado en llegar a Tarfaya, por ejemplo, conduciendo un coche desde Agadir. Supongo que ya no podrá ser. Parece que los responsables de la naviera no están por la labor de recuperar la línea. Ir a Agadir, cuya zona turística es un calco de Playa de las Américas, resulta más rentable. Lo siento por Tarfaya y por cuantas personas siempre me han recibido muy bien allí.
Si creyese en la existencia de brujas, pensaría que una mano negra movida desde el más allá -las manejadas desde el más acá suelo padecerlas con bastante frecuencia- hubiese intervenido para hundir, nunca mejor dicho, esta incipiente comunicación marítima entre Canarias y África. Desde luego, se puede ir en avión -aunque a qué precio- pero no es lo mismo. Un barco es lo único que une realmente las tierras separadas por el mar. Dudo mucho que la exigencia de restaurar el servicio cuanto antes realizada por Marcial Morales, alcalde de Puerto del Rosario, tenga algún efecto práctico. Las compañías tienen que ser rentables, y eso no se consigue a golpe de decreto. Hasta para los empresarios isleños resulta más interesante la opción de Agadir.
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