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Cartas al Director

3/may/08 07:37
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Basura en el monte

En la carta al director del jueves 1 de mayo, de un conjunto de funcionarios del servicio de Medio Ambiente en Aguamansa, en la que se hace una merecida y justa defensa del consejero de Medio Ambiente de nuestro Cabildo Insular ante una agresión que ha sufrido, se menciona el hecho de la gran cantidad de gente que en la actualidad pasa los días de asueto en el monte, afluencia que estimo debida a la motorización que sufrimos en la actualidad todos los españoles, y con bastante anterioridad los canarios, ya que la ley de Puertos Francos permitió durante lustros la adquisición de vehículos en estas islas cuando en la Península era un calvario el hacerse con un coche, lo que motivó que muchos peninsulares se domiciliasen en Tenerife (por los casos que conozco) para así tener opción más fácil. Porque, por lo que recuerdo, la afición canaria de pasar el día en el monte es de siempre, pero entonces había que hacer gran parte del recorrido en guagua y empezar la subida desde el punto donde ésta nos dejase. Claro que en el caso de cierto tipo de acontecimiento como santos, cumpleaños o lo que fuese, hasta se alquilaba una guagua con su chófer y allá nos íbamos todos al monte, generalmente Las Mercedes o La Esperanza para los chicharreros.

Menciona también el citado escrito la manía de dejar los desperdicios de comida tirados en el monte en lugar de utilizar las propias bolsas de plástico en las que fueron llevados, para traer en ellas las sobras y dejarlas en cualquier contenedor de basuras. Eso es ahora, pero en mis tiempos juveniles, de finales de los años treinta, no se había aún inventado el plástico y el único material sintético existente me parece que era la bakelita, con la que, por ejemplo, se hacían los discos para los fonógrafos y luego los tocadiscos, que se rompían al menor golpe, con el consiguiente disgusto. Eso del PVC o del polietileno fue bastante posterior. La comida se llevaba, me imagino que como ahora, en cestas y en cacharros de cocina con su tapa, y la comida sobrante se dejaba en el monte sin más, como vestigio mudo de que alguien había estado por allí. Pero no todos, ya que esto era, es y será una cuestión de educación, de lo que debería ocuparse esa nueva asignatura que se ha inventado la ministra Cabrera llamada Educación para la Ciudadanía. En mi caso concreto, mi padre tenía la costumbre, algunos domingos, en salir conmigo de excursión, lo que hacíamos a pie desde nuestra propia casa si el destino eran las montañas próximas, o en guagua si la meta eran los montes de Las Mercedes o La Esperanza, como más próximos, actitud que en aquellos años provocaba que la chiquillada nos tomase por ingleses y nos pedían "Uan peni, uan peni".

Tanto si íbamos solos los dos como si nos acompañaban primos y amigos, la comida se llevaba en los correspondientes morrales, y las sobras, una vez terminada nuestra comida sentaditos en el suelo, no se dejaba tirada, sino que mi padre nos obligaba a enterrarla en el suelo como materia orgánica que era, y no dejar vestigio alguno de nuestra estancia en el monte. Simple cuestión de educación, algo que hemos olvidado de enseñar a nuestros hijos y nietos.

José María Segovia Cabrera

El final del homo sapiens

El error de nuestro sistema aparece en su principio insano e insostenible, que sitúa al trabajo como medio en vez de como modo de vida. A lo largo de los años, la especie humana se ha convertido, por falta de alternativas o de protección alguna frente a la influencia económica, en un ser servicial por obligación y a engrosar como un elemento más la gigantesca, abusiva y descontrolada espiral de consumo y materialismo, que, además de atentar y de afectar directamente desde siempre en la vida y bienestar de muchas familias y ciudadanos, hoy está poniendo en jaque la salud y el futuro de nuestro planeta. Un sistema donde los intereses del mercado prevalecen por encima de nuestras propias vidas, y que por lo tanto será muy difícil redireccionar.

Pero la sabia naturaleza tiene una solución lógica y razonable capaz de mitigar, no sólo los efectos devastadores planetarios de nuestro sistema actual, sino que, al mismo tiempo, es capaz de aportar a la sociedad la libertad esencial e imprescindible para que esta funcione y para que podamos muy pronto llegar a conocer sus beneficiosos frutos, un mundo próspero y sostenible repleto de gente pacífica, saludable y civilizada. Para poder conseguirlo solamente necesitamos hacer una simple y sensata reflexión: ¿qué pasaría si el derecho de amparo (cama, ropa y comida) no se terminara a los dieciocho años? Es de lamentar que, después de mucho tiempo de correspondencia, nuestros principales políticos y defensores de nuestros derechos hayan sido incapaces de aportar su granito de arena para que esta simple y sencilla reforma se cumpla. De nosotros depende.

Josep Camps Esqueu

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