Algunas leyes se me antojan difíciles de cumplir. Por ejemplo, esa que impone penas de cárcel para quienes conduzcan sin carnet. Estaba aprobada desde hace unos meses, cierto, pero existía una moratoria para que el personal se fuese adaptando. Es decir, para que los infractores pasaran por la autoescuela antes de que fuese definitivamente tarde. Dilación en las penas de cárcel para estos delitos que concluyó el 30 de abril.
Personalmente dudo que muchos individuos acaben en la cárcel por este motivo, en esencia porque no habría penitenciarías suficientes. En realidad, ni siquiera las hay actualmente para que cumplan sus penas los reos de otros delitos. Y es que construir una cárcel, como construir cualquier otra cosa, se ha convertido en una tragedia. Todo el mundo quiere que no haya atascos en la carretera, pero no que se construyan nuevas autopistas. Son multitud los que exigen más inversiones por parte del Estado, pero se arma una trifulca increíble cada vez que se anuncia no ya el proyecto de la segunda pista de un aeropuerto, sino simplemente la ampliación de la plataforma para el estacionamiento de aviones. Del puerto de Granadilla y la planta de regasificación, mejor no hablar. Y en cuanto al trazado de la línea de alta tensión en el Sur, den una vuelta por la TF-1 a la altura de Granadilla y vean cuál ha sido el resultado final de sacar ciento y pico mil personas a la calle. Y todo ello en gran parte porque a un señor le negaron un capricho para que hiciera una película de esas que nadie ve. Por cierto, ya que hablamos de celuloide, ¿cómo va la recaudación en taquilla de cierto film surrealista -nunca mejor dicho- que contó con generosas aportaciones del erario? En fin, en este mayo convulso se puede empezar con los conductores ilegales y acabar con los dineros públicos. Ya se ve.
El caso es que no habrá cárcel para tanta gente no sólo porque ningún vecino quiere una prisión donde vive. Eso se puede solucionar, al menos en un territorio continental, construyendo ciudades artificiales en donde sólo hay prisiones y cuyos habitantes, uno por uno, viven de encerrar a malhechores. He visto algunas en Estados Unidos. Un remedio, se mire como se mire, difícil de aplicar a un territorio limitado y saturado como el de Tenerife. No obstante, incluso en el caso de que las cárceles fuesen bienvenidas por doquier, dudo que haya celdas para tanto conductor infractor. Somos un país quebrantador de la ley por naturaleza. A más de un técnico le he oído decir que si se aplicara la legislación para preservar el entorno, no se podría ni estornudar sin ser objeto de sanción por contaminar. Pero se estornuda y se persevera en actitudes bastante más nocivas que un simple estornudo sin que ocurra nada. Eso sí, de vez en cuando se le impone algún castigo ejemplar a una empresa importante. Así cunde el ejemplo de que nadie está por encima de la ley. Empresas que por lo general pagan sin dar mucho mitin, en esencia porque a menudo lo que se ahorran con la infracción supera la cuantía de la multa. Por eso, aunque no sólo por eso, pienso que los individuos sin el debido carnet para algunos de los vehículos que conducen -unos 60.000 sólo en Tenerife, según el director de una importante autoescuela- han dormido anoche con la misma tranquilidad de siempre.
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