N ADIE DEBE sorprenderse si insistimos en la necesidad de que Canarias obtenga la soberanía. Esa aspiración se impone por su justicia y su lógica, por la razón y hasta por el derecho de propiedad. Estas son unas islas atlánticas que, en caso de pertenecer geográficamente a algún continente, sería el africano, aunque los geólogos dejan claro que el Archipiélago se encuentra sobre una placa tectónica distinta a la de su vecino. Por otra parte, los primitivos habitantes canarios fueron silenciados por la fuerza de las armas y la inmensa mayoría de ellos han seguido callados hasta hoy por temor a expresar abiertamente sus ansias de libertad. A pesar de los siglos transcurridos y de haber llegado la sociedad actual a un nivel de democracia que debería permitir todo tipo de posturas políticas, siempre que no se sirvan de la violencia. En lo que respecta a los sentimientos, no olvidemos que muchos aborígenes canarios fueron vendidos como esclavos en Europa. Ahí está el caso de la niña Cathaysa. Y esa es otra motivación para ser soberanos: honrar el recuerdo de esas víctimas inocentes. Que se repare la felonía que se cometió contra un país que vivía pacíficamente.
Creemos que son argumentos suficientes. Alcanzar la plena libertad para un pueblo es un derecho inalienable, y eso sólo lo puede conseguir si llega a ser soberano, aunque luego decida libremente mantener una serie de vínculos con la que ha sido antes su metrópoli.
Por otra parte, la soberanía se vuelve para los canarios en una necesidad acuciante, dada la situación internacional en nuestras cercanías. Ahí al lado está Marruecos, con unas aguas que considera suyas porque España no quiere reclamarlas -trazando la mediana entre Canarias y África-, refugiándose en la excusa de que este archipiélago no es un Estado. Al mismo tiempo, a nadie se le ocultan las veleidades expansionistas del país magrebí, que podría alegar en el futuro que Canarias es una colonia y que está en África para reclamar a España la cosoberanía. Y no hay que olvidar que Marruecos es el aliado mimado de Estados Unidos en esta parte del mundo y que George Bush ha sido capaz de saltarse la legalidad internacional para conseguir que Kosovo se independice de Serbia, mientras toda Europa, excepto Rusia, decía amén. Tampoco es un detalle menor que el Gobierno de España no sea precisamente un buen amigo de Estados Unidos en estos momentos. En definitiva, que cualquier día nos levantamos con la desagradable sorpresa de que nos obligan a los canarios a ser españoles y marroquíes al mismo tiempo.
Y aclaramos, de nuevo, que no nos guía un afán independentista a ultranza en nuestros planteamientos, simplemente, ser nosotros mismos: canarios de Canarias, como el maltés lo es de Malta o el caboverdiano de Cabo Verde.
Y todos tranquilos, seguros y en paz.
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