DE LAS DIECISIETE comunidades autónomas de nuestro país, Canarias está en el quinto lugar en número de órdenes de protección sobre las mujeres. Quiere decir eso que las mujeres que residen en este Archipiélago están entre las que más necesitan protección de las agresiones de los maltratadores, evidentemente, por haber denunciado su inseguridad a las autoridades, y éstas poner en práctica las medidas protectoras correspondientes, lo que no parece que deba ocurrir en unas islas en las que no hay diferencias entre las familias, y los medios de difusión no dan tan frecuentemente noticias como los peninsulares de agresiones de los maridos, los compañeros sentimentales o los separados o divorciados a sus ex esposas o sus ex compañeras sentimentales.
No quiero decir que, desde que un servidor era un pibe, no escuchara comentar casos en mi pueblo, en La Gomera, y en Santa Cruz, adonde me trajeron mis padres desde que tenía pocos meses, en algunas casas del barrio Duggi, donde residía, algunos maridos no le pegaran algún guantazo que otro a sus esposas y que no se escucharan trifulcas dentro de las familias. Y, mientras iba creciendo, me asombraba menos que muchos maridos tuvieran lo que entonces llamaban sus "queridas", sus "amantes" o sus "socias". Entonces tampoco llamaba la atención que los caballeros de buenas, distinguidas y acaudaladas familias tuvieran otra casa donde ponían a vivir a su "querida" y sus otros hijos con la "socia". En Santa Cruz, las familias distinguidas guardaban las formas, en su mayoría, y hasta se hacían las inocentes, en un sitio, entonces más "pueblo" donde todo el mundo se conocía y, en especial los que llamaban los "caciques", socios y habituales de las dos sociedades de "gente bien", que eran el Casino Principal, que así se llamaba el casino que todos conocemos, y el Club Náutico de Tenerife.
En La Gomera, donde era yo más pequeño cuando vivía temporadas, tenía la razón suficiente para saber que fulanito o menganito no eran hijos del matrimonio, sino de los señoritos de familias decentes, con mujeres del pueblo o con medianeras de las fincas. Sin embargo, y aquí quería venir a parar, en un terreno más propicio a las peleas familiares, nunca se producían agresiones con armas y mucho menos crímenes como hoy, que se ha llegado a ese asesinato en Santa Úrsula, en el que el agresor propinó dieciséis puñaladas y diecinueve golpes a su víctima. Si pregunto a un entendido el porqué de la muerte de mujeres a manos de sus parejas, nunca dan una explicación satisfactoria o una causa que oriente a la sociedad en ese sentido. Las soluciones, hasta ahora, pese a los medios puestos en práctica, un fracaso. Siguen muriendo mujeres. ¿Dónde está la solución?
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