Existen episodios en la vida de cualquiera en los que las consecuencias ante una determinada circunstancia bien pudieran haber sido de una manera u otra. Así, por ejemplo, y remontándonos a la Biblia, si Eva no le hubiese dado a Adán a probar de la fruta prohibida, la vida -y siempre según los designios divinos- se hubiese encarrilado de otra forma. Seríamos todos buenos, no existiría el traperismo, la muerte una anécdota porque seríamos eternos y, en definitiva, el mundo que iba bien y que se iba a poner mejor se dislocó, enloqueció porque una mujer, bajo la influencia del aciago demiurgo, que sí existía, provocó el cataclismo. Si Napoleón hubiese medido un metro ochenta seguro que no habría invadido España, sino que disfrutaría de las ventajas de ser teniente del ejército francés después de la batalla de Alcolea, donde fue un héroe.
Y lo mismo que sucede con las personas dentro de su individualismo, acontece con los pueblos, que, en definitiva, también giran bajo los impulsos de las decisiones de las personas, de sus malos o buenos humores y, como se tengan las neuronas ese día, si están preparadas para la discusión, para el enfado o para poner las cosas en su sitio.
Sabemos que las grandes decisiones que han alborotado o han encarrilado la vida de un pueblo o de una colectividad pueden ser intervenidas desde el papeleo, desde reuniones inacabables, desde los dimes y diretes de unos y otros o también por medio del bote pronto, del cabreo, o de una noche de insomnio.
En fin, que se está al son del ánimo de los que tienen ante sí las grandes responsabilidades. Y las grandes responsabilidades son también las de uno mismo, las de cualquier persona implicada en tomar esta o aquella determinación.
El mecanismo psicogenético que interviene para que se vaya por un camino u otro se escapa muchas veces del control que podamos ejercer, deslizándose hacia vertientes un tanto desconocidas que nos dejan absortos o inmersos en la perplejidad. Y dentro del ámbito de la ciencia, de sus oscuridades no cabe duda de que toda conducta tiene su explicación, todo impulso tiene una justificación.
La genética tiene en esto mucho aún por decir, desde un perfecto conocimiento del mapa genético de cada cual sí que se podrá vislumbrar una perspectiva mejor ante cualquier emergencia y ante cualquier toma de decisiones que se tenga que hacer, y hablo de las grandes decisiones, porque es el condicionante genético el que impulsa a que el cerebro actúe de una manera u otra, traduciéndose en múltiples reacciones, desde una declaración de guerra, el asesinato o la felicidad.
Del placer al dolor la línea que los separa es nada, imperceptible, de la locura a la cordura igual, de la enfermedad a la salud lo mismo. Es el tenue espesor de un papel de fumar lo que delimita a una de la otra.
El ser humano y los pueblos están al filo de la navaja. Muchos se han acostado tranquilos y se han levantado implicados con tumultos, revueltas y hasta con las grandes revoluciones que se han producido en el mundo. Pero como todo está enlazado, no hay decisión que no obedezca a sensaciones y desajustes personales ensanchados a veces a una colectividad de pensadores y de asesores, de ahí que la ingeniería genética en su día podría actuar para que los que se invisten de héroes se queden en pobrecitos decepcionados de sí mismos, en opciones personales que no asumen y que mortifican y que lo encaminan hacia el campo de la psiquiatría.
La adopción de esta o aquella posición ante esto o aquello es un problema. Por eso se consulta para mejorar el rendimiento de cada cual con los engranajes y las informaciones intelectuales que se depositan en el cerebro de cualquiera.
Pero lo que parece desgarrador es que, a pesar de todo, siempre queda la interrogación, el disgusto y el desanimo de decir si esto hubiese sido de otra manera; ¿qué hubiese pasado? si en vez de circular como se nos ha dicho, hubiese sido como uno lo entendía; si en vez de ser una prolongación del otro hubiese sido protagonista de uno mismo, ¿que hubiera acontecido?
Decisiones a fin de cuentas. El mundo de los individuos está lleno de ellas y son prolongación de la personalidad, y quizás el meollo de la cuestión estriba en perfeccionar, en no dejarnos escapar de nosotros para llegar a ser simplemente eso, nosotros, y así decidir mejor, con más tino y no acarrear con el desconsuelo de haber metido la pata o la pesadumbre de estar instalados en la insatisfacción permanente.
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