Asegura que sus novelas no han llegado a las librerías porque busque una notoriedad social, sino por culpa de una voz interior que le impulsa a escribirlas. "No fui un niño prodigio, soy un currante de la literatura", señala Víctor Álamo para analizar la senda ya recorrida. "Cuando acabé
El humilladero (1994), en seguida me di cuenta de que todo lo que tenía que contar no me cabía en un solo libro, sino que debía seguir alargando el mundo que me había inventado. Sobre esta idea continué trabajando en
El año de la seca (1997), en
Campiro que (2001) y en
Terramores (2007). A pesar de que cada una de ellas tiene vida propia, las cuatro se engarzan en ese universo literario que muestro a los lectores", añadiendo que "escribir es el oficio más solitario del mundo, porque nadie te puede ayudar, pero me he acostumbrado a vivir en él".